Hembras y Parejas.


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Meu nome é Marcela, tenho 26 anos Presentación, 1,68 m, 58 kg, Cabelos Castanhos claros lisos e compridos Olhos Castanhos, seios médios e durinhos e um bumbum de fazer inveja. Sou dentista e tenho um Consultório aqui em São Paulo. Sou casada há dois anos Presentación e meu marido del é Diretor de Empresa grande uma, Motivo …

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Relato Erotico:Haciendolo con el Jefe

Haciendolo con el Jefe

 
Soy adicta a los relatos eroticos, me llenan la cabeza de fantasia cuando estoy en la cama. Aprovechando el anonimato, es excitante escribir experiencias que cada quien ha vivido y que otros se calienten leyendolas. Asi que he decidido contarles como le fui infiel a mi marido y con mi jefe. Para empezar me identificaré como Katy, me casé a los 22 años con Ruben de 25 años, todo iba bien hasta que empecé a trabajar como secretaria ejecutiva para una empresa x, mi jefe era don Julio Sanchez (nombre ficticio también), un señor de cincuenta y tantos años de edad, de buen porte a pesar de su edad, con canas en la sienes y una persona que sabe guardar su figura, tuvo que haber sido muy guapo de jóven indudablemente. En mi caso tengo 1.65 metros de altura, con un cuerpo bonito, lindos senos y un porte de piernas delgadas y un trasero en forma de corazón, nunca tuve problemas para tener pretendientes antes de casarme. Mi marido nunca tuvo celos por mi jefe, ya que don Julio era demasiado serio en su trabajo y casi nunca bromeaba o trataba de entablar conversación con sus subordinados, asi que no se relacionaba con nadie y algunos le llamaban “scrooge” como la historia de navidad. Resulta que por la crisis que empezó el año 2008, tuvimos que reunirnos con las demás sucursales o subsidiarias de nuestra empresa. Dicha reunión sería en una ciudad relativamente lejana a donde estaba la central. 

La idea no le gustó mucho a mi marido, pero con quien viajaría sería con mi jefe, entonces cedió y me deseo mucha suerte en esa convención. Desde que salímos del aeropuerto, don Julio cambió completamente su forma de ser, era una persona amable y sonriente, además ya no utilizaba su funesto traje oscuro, sino una combinación bastante sport. Ya en el hotel de la convención, nos instalamos en diferente piso y diferente habitación por supuesto. Ese día, hubo una presentación de resultados y propuestas estrategicas y nos tocaba presentar lo que hacíamos en este tiempo de crisis, durante una semana habiamos trabajado nuestras presentaciones, y nos tocó ese día, fue allí donde apareció el Julio que yo no conocía, una persona super inteligente, preparado y todo un profesional, la forma en que se desempeñó fue formidable, me quedé impresionada de mi jefe, todo lo que preguntaba lo contestaba eficientemente y hasta con sentido del humor en ocasiones, casi lo ovacionaron cuando estaba por finalizar, y allí fue lo que más me sorprendió, dijo en público que la clave para hacer una presentación como la que había hecho, se debía a una eficiente persona que ha llevado todo el registro a la perfección, y quiero que se le brinde un aplauso a mi secretaria, y me dijo que me pusiera de pie mientras los demás me brindaron también una ovación. Luego el Gerente General de la empresa nos volvió a felicitar y en público me indicó que la empresa necesitaba personal de apoyo como yo y dijo otras cosas muy agradables de mi persona. Al final de las presentaciones, nos retiramos a nuestras habitaciones y luego nos quería en el coctel de bienvenida que daba el hotel a nuestra empresa, lo cual sería en unos de los salones. Me cambié ropa para la ocasión, y también aproveché para hablar por telefono con mi marido y contarle lo maravilloso que había sido este primer día. Aún no sabia lo que vendría. Me puse una combinación de un vestido corto, con cincho dorado, tacones altos, para compensar mi pequeño tamaño. 

El primero en recibirme en la puerta fue mi jefe, quien caballerosamente me dio el brazo para llevarme a presentar con algunos de sus amigos, jefes de otras sucursales. Me hizo sentir importante y sobre todo mi impresión de un hombre interesante fue creciendo sobre él, de hecho me sentía atraida. Me tomé algunos traguitos y estuvimos en una mesa con mi jefe y con personas muy amables y chistosas. Realmente estaba pasando un rato muy agradable. A la par mia estaba mi jefe y muchas veces el se acercaba para preguntarme como la estaba pasando, yo varias veces me recostaba en su hombro, lo sentí como una figura paternal en ese momento. Pasaron las horas y no lo sentí junto a mi jefe. Me invitó a bailar y no pude negarme, resultó ser un excelente bailarin, de aquellos que hacen sentir bien a su pareja, durante el baile pude sentir sus brazos y su torso, eran fuertes y duros, se veía que don Julio dedicaba cierto tiempo a su fisico. Aun pienso esa fuerza que me hacía estar a su lado, yo no quería que bailara más que conmigo. Fuimos de los últimos de abandonar el salón, los traguitos me desinhibieron y bromeaba y parecíamos amigos de toda la vida, además nos abrazabamos a cada rato. Las últimas piezas que bailamos fueron las románticas, yo con mi cabeza en su pecho o en su hombro, y el pláticandome al oido, susurrandome cosas que alimentaban mi ego. Nunca me dijo nada insinuante o fuera de lugar, solo me indicó que era una mujer muy bella y que mi marido era el hombre más afortunado del mundo al tenerme. Y sucedió lo indecible. 

Cuando estuvimos frente a su habitación, tomé la iniciativa de despedirme, nos dimos un abrazo fuerte, nos quedamos abrazados no sé, unos quince segundos, su boca se acercó a mi oído y me dijo –quisiera que entraras a mi habitación un rato-, yo iba a decir que no, pero el me rogó con sus manos juntas. Le dije que sí. Me fui delante de él, cuando hubo cerrado, sus brazos me rodearon, sin ser bruscos, me tocaron mi senos sobre el vestido, luego bajaron sus manos a mi caderas, subió mi vestido y me acarició con mucha experiencia, yo solo repetía sin convicción –oh no- -no por favor- -por favor, noo!-, una de sus manos ingresó dentro de mis braguitas y tocó los labios de mi vagina con suavidad pero con determinación, y con mucho ardor, mi vagina no pudo mentir acerca de que, me estaba mojando por dentro, ya que uno de sus dedos se coló dentro y rápidamente se dio cuenta que yo estaba húmeda. · Estas mojadita!- me dijo dulcemente. Don Julio desabotonó mi vestido por atrás y este cayó al suelo, también su paquete se pegaba a mis nalgas con todo erotismo. Luego me acostó en la cama y con toda sabiduria me sacó mis bragas, me abrió las piernas, allí emití el último –no por favor!- y luego se sumergió entre mi vulvita, comenzó a chuparla con toda la experiencia de un hombre de medio siglo. Yo me aferraba a las sabanas de la cama, gemía y me retorcia de placer, este hombre me lamía la panochita como nadie lo había hecho, no tardé en chorrearme en su boca, don Julio me abría más las piernas para llegarme su lengua hasta donde nadie había llegado. Su lengua era más aspera que la de mi marido y eso me estaba matando de placer. Yo no quería que me dejara de comer la panocha, no se cuanto tiempo se la estuvo comiendo, pero pareció un siglo, yo eyaculaba y eyaculaba lubricantes en mi panocha. Luego, me tomó de los muslos y me levantó un poco las nalgas de la superficie de la cama, su intención era darle un tratamiento oral también en mi ano, su lengua parecía una serpiente tratando de lamer y comerse mi culito. Su lengua en mi culo me dio también un placer enorme, después el recorrido de su lengua era de mi culito a mi clitoris, -ya no don julio, ya no aguanto! - le repetía yo a él. No pude evitar correrme de nuevo y emitir otra tanda de lubricantes en mi rajita. Además ocasionalmente metía dos dedos en mi panochita para masturbarme mientras me comía el clítoris. Dejó de mamarme, cuando se desnudo enfrente de mi, cuando se bajó su boxer, pude ver su gran pija, era larga y gruesa, talvez el mismo largo de la de mi marido, pero era el doble de grueso. Se subió sobre mi, su enorme glande lo estuvo frotando contra mi pepa y mis pliegues vaginales. Esto también me puso muy excitada, más de lo que ya estaba. · -la quiero adentro por favor- le dije, rápidamente reaccioné y no creia que yo había dicho eso. Sentí su enorme pija meterse dentro de mi pequeña vagina, se fue resbalando poco a poco mientras yo chillaba de placer, cuando me había penetrado la mitad de su pene, se puso a bombearmelo con suaves movimientos, pero cada vez me la enterraba más adentro de mi feminidad. Después de varios minutos en ese tratamiento, por fin la tenía metida toda, me sentía llena por lo grueso de su pija. 

Con movimientos pelvicos me estuvo penetrando profundo, mientras me bajaba el sujetador y su boca se prendia de mis tetas. Por un momento pensé en lo que estaba haciendo, siendole infiel a mi marido, pero el placer eclipsaba mi conciencia. Este hombre me estaba cogiendo delicioso. No podía creer que estaba llegando a mi tercer orgasmo, el cual fue brutal, don Julio supo cuando debía acelerar sus pistonazos para hacerme llegar a ese momento cumbre. Luego, me cambió de posición ahora se colocó de lado atrás de mi y me penetró levantandome la pierna, no es una posición en donde haya máxima penetración, pero me estimulaba con sus manos en mi clitoris, yo jadeaba de placer, era todo lo que yo podía hacer. Luego me puso sentada encima de su pija, él acostado boca arriba, ahora yo era la que llevaría el control, ya mi panochita se había amoldado a su grueso miembro. Lo cabalgue suave al principio, pero cuando estuve cerca de mi nuevo climax lo cabalgue como a un caballo salvaje. En ese momento nos vinimos juntos, yo a mi cuarto orgasmo y él me relleno de esperma caliente mi bollito, parecía que me estaba orinando, fue un largo chorro acompañado de los gemidos tradicionales de los hombres en climax. Los dos terminamos suamamente cansados. Aún con la respiración acelerada, alli acostada desnuda en la cama, mi cabeza pensaba en dos cosas, por un lado la deliciosa cogida que me habían dado a la una de la mañana, y por otro los cuernos que le había puesto a mi marido. El sueño me ganó la partido y me quedé durmiendo en la cama y la habitación de don Julio, a su lado. 

Con la claridad de la mañana, me levanté, vi el reloj, la convención iniciaría ese día dentro de un poco más de una hora. No podía salir con esa cara al pasadizo asi que pensé en bañarme allí, ponerme la ropa de anoche y salir al pasillo, meterme en mi habitación que estaba en otro nivel, y no a la vecindad. Me empecé a bañar rápidamente, en mi cabeza me pasaba toda la sesión que había tenido con mi jefe. En eso estaba cuando de pronto, se abre la cortina de la ducha.. era don Julio. Ya no me tapé, para que!, el ya me conocía todo lo intimo. Asi que lo saludé. Me saludó muy atentamente, me preguntó si podía bañarse conmigo, yo le dije que pasara. Durante el baño, me dijo que me limpiaría la espalda, asi que le di el jabón, pronto sus manos con jabón se convertirían en caricias, me acariciaba la espalda, las nalgas y sus dedos jugaban con los pliegues de mi panocha, de pronto nuevamente me invadió esa sensación de seguridad, de atracción, de paz. Nuestros labios se volvieron a unir frenéticamente, solo recuerdo que el me cargo asi desnuda, me colocó en la cama y mi cuerpo lo volvío a recibir dentro. Abri las piernas al máximo para sentirlo en mi interior, me penetró y nos movimos un poco más que salvaje que la noche anterior, gemimos como animales en celo, mis tobillos en sus hombros, ambos explotamos al unísono, él dentro de mi. Luego, entré al baño a lavarme al menos la cuca y salír para mi habitación. Durante ese segundo día de la convención, nuevamente mi jefe se ganó el show, y lo cuento, porque sentía que el merito era compartido conmigo, por ratos me sentía bien de estar cogiendo con ese gran hombre, que tanto respeto infundía en los demás. 

En el receso de la mañana, escribi en un papelito y se lo llevé a don Julio, el papelito decía “te espero en mi habitación en 5 minutos”, llegué primero a mi habitación y me desnude sobre la cama, luego ingresó don Julio, le dije que se acercará (yo sobre la cama y el parado al pie de ella), le bajé el cierre de su pantalón y le propine una deliciosa mamada de verga, la chupé con todo el deseo posible, su falo estaba duro como la roca, luego el me abrió las piernas y me chupó la pepa, me hizo retorcer alli en las sabanas, luego se subió encima de mi y me hizo nuevamente suya, me clavó profundamente su gruesa verga, me hizo gemir y venirme en pocos minutos. Otra vez terminó dentro de mi. En menos de 12 horas se había acostado conmigo tres veces, -que me pasa con este hombre??- pensaba dentro de mi. Como ustedes supondrán, en la noche tuvimos otro encuentro más. El llevó dos botellas de vino a mi habitación y follamos como enamorados. Me echó vino en la panochita y se lo bebió mientras me chupaba el sexo. Esa noche debo confesar que me hizo sexo anal, yo no pude oponerme, pensé que me rompería el culo por lo grueso de su miembro, pero mi culito se lo tragó todo y me hizo venir como pocas veces. Siempre quise experimentar el sexo anal, pero siempre creí que sería con mi marido, pero fue mi jefe el primero que me hizo tener un orgasmo a través de mi recto y me gustó. Terminó la convención, yo regresé a la casa con mi marido. Toda una perfecta puta que venía de ponerle los cuernos a su marido. Ya en el trabajo la vida siguió como de costumbre, don Julio un perfecto indiferente ante sus empleados, en cuenta yo. Por un lado estaba ofendida por eso, pero más adelante agradecí a don Julio que asi fuera, ya que nadie se dio cuenta de nuestra affaire y tenía otra oportunidad. Dentro de dos meses viene la nueva convención anual y no sé que pasara….

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Relato Erotico:El Anillo de Casada.


Relato:El anillo
EL ANILLO


Es increíble como los símbolos pueden controlar tus reacciones y hasta forma de comportarse. Mi comentario surge por mi propia experiencia al tener que dejar de usar mi anillo de matrimonio por presentar una condición en mi piel que me produce un salpullido en la zona de los dedos alrededor del anillo.


Esta condición la desarrolle luego de 10 largos años usando mi anillo día tras día, noche tras noche. Ahora tengo 34 años y soy Contador público con una buena cartera de clientes y solo un hijo de 8 años que pasa mucho tiempo con la nana y su papá. Me encanta mi trabajo y hasta ahora todo había marchado de maravilla. Suelo viajar a visitar a mis clientes con cierta frecuencia en ciudades cercanas a casa, aunque casi nunca pernoto afuera.


A la semana de dejar de usar mi anillo de casada había notado un cambio en el trato de los hombres conmigo. Eran más gentiles y cordiales. Sus palabras más cargadas de expresiones hermosas y halagadoras para mi cuerpo y mi forma de vestir. Sus contactos físicos son más abundantes y hasta atrevidos. Hacía tiempo que no sentía un brazo en mi cintura que no fuera mi esposo, o una caricia en mi pelo o un roce descuidado en mis nalgas. Yo misma me sentía como más pícara y traviesa, cambiando hasta mi forma de vestir por atuendos más juveniles y atrevidos. Cambie mi peinado y hasta el maquillaje que antes poco usaba. Era la condición de no llevar el anillo que te marca como mujer casada. Les cuento:


Una noche tuve que quedarme en una ciudad a dos horas de mi casa porque mi coche se daño y lo reparaban al día siguiente. Como tenía pendiente algunas reuniones decidí quedarme y así se lo comente a mi esposo quién lo aprobó ya que no le gustaba que yo manejara en la carretera de noche. Todo parecía normal solo que las oportunidades las pintan calvas. Pablo es un abogado que apenas había conocido ese día y desde que nos presentaron sus atenciones fueron completas. Su mirada reflejaba una atracción poco usual, más como un flechazo de Cupido que un secreto de Afrodita. Se ofreció gentilmente a ayudarme con el problema del carro, luego me llevo a un centro comercial a comprar algo de ropa para cambiarme porque el problema del coche me había pillado sin nada excepto los papeles de trabajo. Pícaramente me llevo a una tienda de damas y con mucha confianza se dirigió a la sección de lingerie. Al momento me hizo mucha gracia pero al ver que el mismo escogía con mucho gusto y acertando mi talla un conjunto de brassiere y tanga blanca espectacular el cual él mismo canceló y solo pidió que lo modelara para ver si había acertado en la talla.


Todo transcurría como una linda seducción mezclada con mucho cariño y atenciones. Cumplí lo solicitado y saliendo del vestidor en una salita semi privada desfile ante él las pequeñas prendas de vestir para su deleite. A pesar de que la delgada tela apenas cubría mis vellos y dejaba mis nalgas totalmente descubiertas y mis pezones se transparentaban en la tela del brassiere, me sentía como una quinceañera por todas las atenciones y sobre todo por esa actitud de querer llevarte a la cama pero con estilo y picardía. Le gustó tanto que me regaló además una baby doll transparente por haber aceptado el reto. Completamos el resto de las compras y fuimos a cenar. Luego de un rato muy agradable y divertido le pedí que me llevara a un motel cercano y me respondió que porque no me quedaba en su apartamento y ahorraba el gasto del hotel. Al instante iba a responder que no podía porque era casada y fue cuando caí en cuenta que hasta ahora no le había dicho cual era mi condición civil. Pablo me estaba enamorando y me deseaba como pareja más que como un momento pasional.


No pregunten, pero acepte y termine en su carro muy sonriente con una botella de vino para deleitarnos antes de dormir y mis bolsas de compra para cambiarme la mañana siguiente. Llegamos y gentilmente me tomo de la mano y me abrazo en medio de la sala. Su beso estaba cargado de sentimiento y era prácticamente una declaración de amor. Deje que la fantasía tomara posesión en mi y le devolví el beso con la misma ternura como lo recibía. Recordé a una vieja amiga que decía que si no existe compromiso entonces no haces daño a nadie… e inmediatamente borré del pensamiento a mi esposo.


Pablo era muy buen amante, sus manos acariciaron y tocaron rincones íntimos que nunca antes habían sido explorados. Sus habilidades en el sexo oral hicieron que alcanzara varios orgasmos mientras sus labios y su lengua, jugaban con mi cuquita y bebía mis jugos con gran placer. Temía que después del largo día no presentara mi mejor aspecto pero el aroma de mujer lo excitaba mucho y constantemente lo repetía. Hubiese preferido haber tomado una buena ducha pero no fue necesaria. Luego mostró una capacidad de aguante y contuvo su eyaculación aún después de haber estado cogiéndome por más de una hora. Me ardían los labios por el exceso de fricción pero las distintas poses me hicieron recorrer en ese breve tiempo todas aquellas formas de cómo había experimentado el sexo en el pasado. Su eyaculación fue fuerte y caliente. La abundancia de su semen me sorprendió al derramarse desde mi cuquita por mis muslos tal como si estuviera orinando. Finalmente, nos duchamos juntos donde continuamos las caricias y placeres como una pareja de recién casados.


Hervía en decirle la verdad y luego de ponerme la tanguita blanca con el baby doll, luciéndoselos a él se me ocurrió contarle la verdad. Su reacción al instante fue de silencio, luego se tomó prácticamente la botella de vino el solo y se acostó. Notaba su molestia y decepción e inclusive su aura cambio de color. Ofrecí cualquier cosa para compensar la situación y me dijo que no me preocupara que me daría lo que toda mujer casada busca en su amante: una buena follada o cogida. Comenzó de nuevo a besarme y acariciarme, pero esta vez con una rudeza que rayaba en la violencia. Sus fuertes caricias me excitaron rápidamente porque por algún motivo nosotras las mujeres tenemos algo de masoquista muy internamente que nos gusta el trato rudo.


Sentía como había empezado a jadear y mis primeros orgasmos ya se me habían escapado descontroladamente, y entonces me coloca boca abajo con mi colita en alto, arrancándome la tanguita y comiéndome el huequito del culo con placer y deleite. Se había convertido en una especie de ser sexual, casi animal y transmitía su energía con tanta fuerza que a los pocos minutos mi culito lo tenía invadido por su inmensa verga y a pesar del dolor y malestar era placentera la situación en que me encontraba y mi orgasmo fue espectacular. Finalmente quedamos dormidos del cansancio y me abracé a él con mucho amor, buscando su calor y un regreso a ese gentil caballero que me había invitado a su casa.


Amaneció temprano para mi porque apenas había salido el sol y ya me habían cogido nuevamente en la posición misionero pero con una intensidad que la cintura me dolía. Con un cariño algo fingido me convido a desayunar y luego me llevo a recuperar mi coche. Su despedida fue muy gentil y solo me dijo con mirada lasciva de que era un bello polvo y lástima que la ilusión fue breve. Que lo buscara la próxima vez si quería tener otra noche de sexo puro.


Regresé a casa tranquilamente y sin remordimientos. Realmente había gozado enormemente y hasta lo buscaría de nuevo porque los polvos fueron grandiosos. Bueno como amante, y como bien lo dijo él, quizás solo para tener sexo, lo de los novios se lo inventó el solo…

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Contos Eroticos:Sandra e o Preto Velho (A Loura de Campinas)

Sandra e o Preto Velho

 
(A Loura de Campinas)
Meu nome é Sandra. Eu trabalho em Campinas numa bem conhecida empresa de software como gerente de marketing. Tenho 1,67, 58 k. Cabelos louros e olhos azuis. Aos 30 anos, mantenho meu corpo em boa forma. Desnecessário dizer que fui apontada como a garota mais bonita tanto no colégio como na faculdade. Devido a isso, os homens sempre ficaram hesitantes em se aproximar de mim. Nunca tive de dizer “não”, porque os homens normalmente eram muito inseguros para me abordar. Conheci meu marido em Campinas, me apaixonei e casamos no outono passado. Logo depois disso, um velho negro que trabalha no setor de manutenção da companhia, chamado “Seu Aldo”, começou a me paquerar e me convidar para almoçar com ele. É claro que eu recusei, tão polida e diplomaticamente quanto podia, mas me senti desconfortável ao fazer isso. Contei ao meu marido, mas ele apenas ria e fazia pouco de mim. Afinal, ele havia visto “Seu Aldo” e sabia que ele tinha bem mais de 60, era gordo, sem um ou dois dentes e era apenas um homenzinho caseiro. Então, depois de algumas semanas disso, um dia “Seu Aldo” me enquadrou num dos corredores quando não havia ninguém por perto. “Oi, menina, ainda não quer almoçar comigo?’ perguntou com um grande sorriso que mostrava a falta de alguns dentes. “”Seu Aldo”, o senhor sabe que eu sou casada e bem… o senhor sabe… isso… quer dizer… bem… não seria certo,” gaguejei. Mas minha hesitação pareceu apenas fazê-lo insistir em seu objetivo. “Ora, neguinha, deixe disso. Eu quero apenas levá-la para almoçar. Não faça um preto velho se sentir rejeitado!” ele disse com uma expressão de mágoa. Eu sabia que ele estava brincando comigo mas ainda assim era difícil e constrangedor. “Sinto muito… Eu realmente não posso…” “Só uma vezinha!” ele me interrompeu. Eu tentei pensar rápido mas tudo que eu pude finalmente dizer foi: “Puxa, “Seu Aldo” o senhor sabe que…” enquanto eu falava notei-o olhando meus seios vorazmente. Lentamente - não sei como - comecei a perceber meus mamilos enrijecendo. “Diabos!” Pensei, espero que ele não note. Mas em minha visão periférica eu podia ver que eles estavam realmente se projetando contra o tecido transparente de minha blusa. Perdi o rumo de meus pensamentos à medida que ele olhava para meus mamilos eretos. “Vamos, neguinha, você não pode dizer não eternamente,” ele sorriu, obviamente percebendo a inexplicável excitação de meu corpo. Finalmente, eu esgotei minhas energias e argumentos para manter a recusa. “Ok… Está bem… mas apenas uma vez… E por favor… o senhor sabe… Apenas como amigos… ok?” Com um grande sorriso, “Seu Aldo” respondeu: “Fique tranqüila, neguinha, é um encontro de apenas uma vez, eu sei!” “ENCONTRO!!!!” Pensei. Não é um encontro!!! Mas eu não podia conseguir que algo saísse de minha boca. Sob o domínio verbal desse velho negro eu apenas fiquei ali meio sorrindo: confusa e zangada por ter sido tão facilmente atraída. Enquanto eu recuava para partir, notei um volume projetando-se pela perna esquerda de sua calça. Meu olho primeiro percebeu e então teve de olhar diretamente para ver se eu estava vendo o que eu pensava que estava vendo. Eu estava! O pinto de “Seu Aldo” se estendia até quase seu joelho e se projetava de sua calça de modo obsceno. Ele me viu olhando mas apenas sorriu e continuou olhando diretamente em meus olhos. Então ele pegou minha mão e disse: “Eu realmente, realmente ansiava por isso Sandrinha. E eu sei que você também.” De algum modo, minha mão apenas respondeu e manteve-o por um segundo enquanto eu tentava dizer algo, qualquer coisa para desestimulá-lo e sair dessa confusão. Mas tudo que eu pude conseguir foi… “S-s-sim, “Seu Aldo”… Acho… Acho que eu também…” baixei os olhos novamente e me achei olhando para a monstruosidade que era sua masculinidade, lutando para desviar meus olhos e partir. Ele ainda segurava minha mão. E eu ainda segurava a sua. Lentamente voltei à realidade, livrei-me de suas garras e me afastei. Ele deixou e recuou. Um enorme sorriso atravessando sua face simiesca. “Te vejo amanhã então gostosinha,” ele disse enquanto recuava para seguir seu caminho. “O, Ok…” eu gaguejei. Eu me sentia confusa e embriagada enquanto me voltava e caminhava para a porta que dava para o próximo corredor. No reflexo da porta de vidro eu podia ver aquele negro imenso apenas parado ali me observando enquanto eu caminhava pelo corredor. Por algum motivo que eu não podia entender descobri meu coração disparando e meus joelhos tremendo. Então quase inconscientemente comecei a rebolar meus quadris e bunda devagarinho, incrementando à medida que ele observava atentamente. Por que estava eu fazendo isso??? O que estava eu pensando??? Eu não tinha idéia. E no entanto eu fiz. E enquanto fazia eu olhei para a porta de vidro para ver seu reflexo procurando, acariciando o réptil volumoso projetando-se da esquerda de sua virilha. Eu atravessei as portas sentindo-me entontecida, desmaiando. Fui direto para o banheiro feminino e para um reservado. Pensei, “Meu Deus, sinto-me como se tivesse que urinar!” Mas quando eu retirei minha lingerie eu notei uma grande mancha úmida na virilha. Sentei-me no sanitário apenas fitando para a virilha. Estava eu realmente sexualmente excitada por aquele patético velho da manutenção? Ele me deixara assim tesuda apenas por me paquerar? Minhas indagações logo foram respondidas quando eu me achei recostando no assento, meus joelhos se arreganhando, meus dedos procurando inconscientemente meu clitóris e começando a manipular o botãozinho intumescido furiosamente! Meus olhos cerraram, eu podia apenas ver o enorme caralho de “Seu Aldo” distorcendo a perna de sua calça, tentando libertar-se para me alcançar! Durante todo o dia não consegui trabalhar. Naquela noite quando cheguei em casa André me perguntou como meu dia tinha sido e por que eu parecia tão quieta. Eu não podia dizer muito, ainda confusa e desnorteada. Naquela noite quando eu jazia na cama esperando por ele, ele entrou no quarto nu. Olhando confiantemente para mim e sorrindo, ele avançou com passos largos na direção da cama. Mas tudo que eu podia pensar era quão ridículo ele parecia com seu corpo tamanho adulto e pênis e testículos, aparentemente, tamanho infantil. Após ele subir na cama ele começou a montar em mim. Como de costume eu tive que ajudar a guiar seu pênis de dez centímetros para dentro de mim. Estranhamente eu me sentia quase com asco de seu corpo nu. De certo modo ele parecia deficiente em masculinidade. Somente mais tarde eu me dei conta de que estava subconscientemente comparando sua masculinidade com a de “Seu Aldo”. Ele começou a corcovear dentro de mim e então escorregou para fora. “Meu Deus, ele é tão pequeno,” eu me peguei pensando. Eu coloquei-o dentro de novo e ele começou outra vez. Pelo terceiro ou quarto pinote ele começou a grunhir e passar pelo costumeiro ciclo de seu orgasmo. Eu me achei irritada. Todo esse grunhido e tempestade para o que eu sabia era uma gota de sêmen. Quando eu tinha lhe dado sexo oral no passado, descobri que eu freqüentemente nem sabia quando ele gozava, exceto por todo aquele grunhir e contorcer-se, tão pequeno era seu gozo. Após ele ter parado, ele rolou e estava roncando em minutos. Foi então que eu percebi quão patética era nossa vida sexual. Enquanto ele roncava eu fechei meus olhos e me descobri vendo o volume de “Seu Aldo” descendo pela perna de sua calça. Seu comprimento e grossura. Seu poder, quase rasgando suas calças… por mim. Todo aquele tamanho e urgência por causa de seu tesão por mim. Logo minhas mãos estavam sob as cobertas manipulando meu clitóris de novo. Doído como estava o botãozinho eu precisava alívio para meu crescente tesão. No dia seguinte na hora do almoço eu honestamente esperava que “Seu Aldo” esquecesse tudo. Mas foi tolice minha pensar que ele o faria. “Pronta para nosso encontro?” ele disse enquanto se aproximava de minha mesa. Eu queria gritar, “ISSO NÃO É UM ENCONTRO!!!” e explicar-lhe que era “apenas” almoço. Mas nada saiu de minha boca. Eu apenas sorri fracamente. Por dentro eu apenas não queria uma cena; E mais, eu sabia que não adiantaria nada. Ele nunca ouviria. Enquanto caminhávamos para seu carro no estacionamento eu podia sentir sua mão gentilmente no côncavo de minhas costas. “Inacreditável! Esse preto velho da manutenção tinha a ousadia de botar seu braço ao meu redor,” Pensei comigo. Mas outra vez, eu não podia levar-me a objetar e criar uma espécie de cena ou confronto. E assim eu deixei acontecer. Quando chegamos a poucos passos de seu carro eu pude senti-lo tornando-se mais ousado e definitivamente deixei sua mão repousar no meu traseiro. Ele agora definitivamente tinha seu braço ao meu redor. Ele abriu a porta de seu velho, sujo Chevette 95 para mim e deixou-me entrar. Enquanto eu o fazia notei seus olhos dando uma bela, longa, e óbvia espiada debaixo da curta minissaia de couro que eu estava vestindo. Por que tinha eu vestido aquela sainha curta e sexy? pensei comigo. Mas enquanto eu esperava ele dar a volta para sua porta, eu percebi que meu coração estava pulsando em meu peito. Gostei que ele tivesse olhado em baixo de minha saia. Enquanto ele deslizava em seu lado do carro eu sorri timidamente para ele. Ele olhou em meus olhos, sorriu então se voltou e deu partida. Depois que saímos e atingimos a estrada ele casualmente pôs sua grande mão preta sobre meu joelho, apertou-o gentilmente e disse: “Você se juntar a mim hoje é um sonho que se realiza, Sandra.” Fiquei triste por ele. Era uma coisa linda para dizer. Eu me sentia culpada por todas as risadas que meu marido e eu tínhamos dado sobre suas paqueras. Esse pobre animal realmente me admirava tanto. Eu queria remover sua mão do meu joelho - aquilo era absolutamente inadequado - mas após ele dizer aquilo… Eu não podia de jeito algum. Eu tinha medo de ferir seus sentimentos. E assim ele dirigiu com sua mão em meu joelho. Uma vez ou outra, deslizando-a devagarinho até o início de minha coxa. Eu estive a ponto de mandá-lo parar. Mas aquilo era tão casual, tão suave, que eu nunca cheguei a sentir que ele tivesse ido além dos limites. Contudo quando nos aproximamos da churrascaria a que ele estava me levando, eu de repente pensei, “O que diabos estou eu fazendo aqui sentada em um velho chevette quebrado com um preto velho, - alguém de quem meu marido e eu costumávamos rir - deixando-o repousar sua mão em meu joelho e de vez em quando acariciar minha coxa como se eu fosse sua puta branca ou algo assim!!!” Senti-me de certo modo estupefata e confusa quando ele abriu a porta do carro para entrarmos no “Recanto dos Manos” Churrascaria Rodízio. Tudo que eu podia pensar era como eu havia deixado isso tudo acontecer e o que estava eu fazendo aqui. Enquanto nós caminhávamos para a entrada traseira, algo mais instigou e me alarmou. A cálida umidade que eu sentia novamente na virilha de minha calcinha… obviamente produzida pelo suave manipular de meu joelho e coxa por “Seu Aldo”. “O que está acontecendo comigo?” pensei. Enquanto caminhávamos para o bar, “Seu Aldo” de repente agarrou minha mão, mantendo-a na sua como se eu realmente fosse sua mulher. Minha imediata reação foi de afastá-lo mas à medida que caminhávamos através da área do bar e todos os garçons - que eram pretos velhos, com aparência gasta, - olharam para nós, eu senti que não queria criar uma situação embaraçadora. Além disso o modo como o lugar silenciou e aqueles velhos olharam para mim, alguns com suas mandíbulas caídas, fizeram-me sentir algo estranho que eu não entendi inicialmente. Mas à medida que passávamos por eles eu me achei lentamente segurando a mão de “Seu Aldo” mais firmemente. Eu também me achei imponente, exibida, de certo modo, junto e devagarinho atrás dele… de certo modo orgulhosa de sua admiração - até mesmo respeito - por mim. E especialmente em admiração do fato de que eu estava desfilando de mãos dadas com seu amigo “Seu Aldo”. Eu rapidamente descobri meus mamilos traindo-me novamente à medida que “Seu Aldo” me fazia desfilar em frente de seus amigos na direção de nosso reservado. Eles se projetaram salientes à medida que aqueles velhos olhavam amorosamente meus seios sacolejantes. Merda! Pensei. Por que eu vestira um soutien tão transparente? Mas no fundo de minha mente eu sabia que aquilo estava estranhamente me excitando de novo contra minha vontade. Eu adorei aqueles pretos velhos me medindo de alto a baixo, lambendo seus lábios cheios de tesão. E eu estava também excitada pelo modo como “Seu Aldo” brilhava de orgulho de estar com essa jovem, loura e cheia de curvas. De mãos dadas, exibindo-a como seu ‘encontro’ para todos os seus velhos amigos cheios de tesão invejarem. Nós paramos no caminho à medida que “Seu Aldo” me apresentava a um ou dois de seus amigos como sua convidada para um “encontro de almoço”. Enquanto ele dizia aquilo, eu inicialmente senti-me com raiva, a qual aos poucos se desfez enquanto aqueles homens me olhavam de alto a baixo e assobiavam. “Puxa, Aldo, você está se dando bem, cara!” disse um deles. Eu me achei enrubescendo. Enquanto o fazia, eu podia sentir “Seu Aldo” levemente apertando minha mão. Inacreditavelmente, eu me achei retornando um leve aperto em sua mão. “O que estava eu fazendo!?!” eu gritei comigo. Mas enquanto eu fiquei ali sorrindo timidamente atrás dele - comportando-me completamente no papel de sua mulher. Eu me achei acanhadamente olhando para o chão à medida que seu amigo de vez em quando espiava durante sua conversa, obviamente checando minhas tetas e meus mamilos, agora eretos de modo obsceno. Por que eu não conseguia controlar essa situação eu ficava pensando comigo. Mas então “Seu Aldo” levava-me para o próximo amigo para uma rápida introdução, quase como um guerreiro mostrando recém conquistada presa de guerra para seu camarada. E de certo modo isso me excitou. Logo “Seu Aldo” levou-me para nosso reservado. Quando me sentei, em lugar de sentar de frente para mim, ele deslizou do meu lado do reservado. Enquanto olhávamos o menu, “Seu Aldo” mais uma vez colocou sua grande mão preta sobre meu joelho. Depois, apertando-a devagarinho, ele retomou o lento, vagaroso acariciar de minha coxa. Aquilo obviamente impressionou seus amigos sentados no bar, os quais podiam ver de seu posto de observação tudo que estava acontecendo acima e abaixo da mesa do reservado. Eu fiquei muito zangada com o fato de ele me mostrar como sua puta desse jeito e decidi que eu poria um fim naquilo imediatamente. Depois reunindo alguma coragem eu lentamente pus minhas mãos debaixo da mesa e coloquei-a na sua. Lentamente eu segurei sua mão e apertei-a suavemente. Meu jeito de dizer, por favor pare. “Seu Aldo”, delicadamente apertou minha mão de volta, segurando-a alguns segundos, então surpreendentemente deixou-a e começou a alisar minha coxa até mesmo mais audaciosamente e mais alto que antes! Eu não podia crer naquilo. Eu, de repente, dei-me conta de que aquele Neanderthal preto rude e sem educação confundira meu sinal com um de encorajamento!!! Agora, o que podia eu fazer? Eu estava zangada e frustrada, mas também de certo modo derrotada. Eu não conseguia pensar como parar aquilo sem um confronto que eu não queria de modo algum, considerando o meio em que eu estava e a exibição que “Seu Aldo” e eu tínhamos acabado de fazer para os observadores. Sua mão estava agora acariciando de meu joelho até bem debaixo de minha minissaia de couro. Ele estava agora deslizando sua mão a apenas polegadas de minha buceta úmida. Algumas vezes ele estirava a mão debaixo de minha saia e agarrava um punhado de minha coxa, então corria sua mão de volta para meu joelho. Então novamente debaixo de minha saia, a qual estava lentamente ficando arregaçada em volta de minha cintura. Enquanto isso os homens no bar olhavam atentamente e às vezes cochichando uns com os outros. Senti-me como num espetáculo de uma boate erótica pelo modo com que aqueles homens abertamente olhavam a manipulação de minha coxa por “Seu Aldo”. Então “Seu Aldo” olhou para mim e olhou em meus olhos. Eu não tinha idéia do que esperar enquanto eu olhei para seu rosto rústico e velho. Sem aviso ele curvou-se e pôs seus lábios africanos, grossos e negros nos meus! “Oh, meu Deus!” minha mente gritou. Aquilo não podia estar acontecendo comigo! Não, não, não!!! Eu pedia por favor a Deus que me deixasse acordar daquele pesadelo! Mas aquilo não era sonho de que eu pudesse acordar. Eu podia sentir seus lábios grossos pressionando os meus e fazendo meus lábios lentamente, confiantemente, eroticamente abrir. E depois a umidade morna de sua língua comprida, grossa e serpenteante dentro de minha boca. Eu estava tentando afastá-lo hesitantemente mas minhas mãos apenas tocaram seu peito. Elas paralisaram no lugar e não empurraram nem um pouco. Por que ele começaria tão confiantemente a me dar beijos de língua em frente dessa multidão? Meu cérebro lutava para pensar no que fazer à medida que minha boca estava se abrindo para a penetração oral de “Seu Aldo”. Mas então eu me dei conta do que tinha estimulado ele a fazer o que ele tinha feito enquanto sua mão continuava acariciando-me bem lá embaixo de minha saia. Eu me dei conta de que no momento em que ele olhou para mim ele tinha atingido a parte mais alta de minha coxa para sentir minha umidade se espalhando. Minha umidade lhe dissera que eu agora era sua. E sua língua continuou a empurrar através de meus lábios e enroscar em volta de minha língua. E eu reconheço que meus lábios, tão devagar inicialmente que eu quase não percebi, começaram a responder. Meu cérebro parecia que ia apagar, rendendo-se enquanto eu comecei, finalmente, a beijá-lo de volta vorazmente. Oferecendo minha língua totalmente a ele com completo abandono - para todos verem. Então ele apossou-se de meu braço e sem parar nossos apaixonados beijos de língua pôs ele em volta de seu pescoço. Eu não precisava de mais encorajamento. Comecei a acariciar seu pescoço, o dorso de sua cabeça calva e velha com uma paixão que eu nunca tive antes enquanto estava com qualquer homem… inclusive meu marido. Senti “Seu Aldo” começar a acariciar meu rosto e então deixei sua mão escorregar para meu seio. No começo acariciando-o, então começando a manipulá-lo fortemente. Logo “Seu Aldo” estava grotescamente amassando minhas tetas através de minha blusa diáfana, apertando-as e beliscando meus mamilos eretos. Ele continuou a beliscar meus mamilos até mesmo esticando-os de modo obsceno, tenho certeza de que para impressionar seus amigos curiosos no bar com seu poder sobre a loura branca que ele estava conquistando e transformando em sua puta bem na frente deles. Enquanto nós agora estávamos babando dentro das bocas um do outro percebemos um homem de pé perto do reservado. Era um negro mais velho o qual aparentemente “Seu Aldo” conhecia e que era dono do bar. Quando nós paramos nossas línguas e olhamos para ele, a mão de “Seu Aldo” ainda mexendo nas minhas tetas, ele disse, “Por que vocês dois não vão para o quarto dos fundos”. E então ele lançou uma chave sobre a mesa e se afastou. “Seu Aldo” pegou-a e começou a puxar-me da mesa pela mão na direção de um quarto no fundo do bar. Enquanto levantava da mesa eu pude ver que minha blusa estava meio desfeita e minha minissaia de couro constrangedoramente arregaçada em volta de minha cintura, mais como um grosso cinto que uma saia. Enquanto eu tentava empurrá-la para baixo com minha mão livre eu me dei conta de que todo homem no bar podia ver a grande mancha úmida em minha virilha. Agora todos eles sabiam como eu estava molhadinha por “Seu Aldo”. Enquanto “Seu Aldo” me puxava para o quarto dos fundos, eu podia ver aqueles pretos velhos esfregando seus caralhos por cima das calças e resmungando obscenidades a meu respeito enquanto passávamos por eles. Em choque, pensei comigo, “Meu Deus, eu realmente tinha me tornado puta daquele velho negrão. Eu não podia nem mesmo dizer não para um negro e tarado trabalhador braçal?” Quando entramos no quarto dos fundos “Seu Aldo” fechou a porta e me encarou. Naquele momento eu queria dizer ”chega leve-me para casa”. Mas ele apenas tomou-me em seus braços e começou a me beijar profundamente. Eu respondi imediatamente dessa vez, minha língua explorando sua boca. Quando ele se separou de meus braços ele atirou-me de costas sobre um sofá-cama no escritório. Ele olhou para baixo para mim e começou a desabotoar sua camisa. “Tire a roupa,” ele ordenou, quase de modo casual. Eu hesitei por um longo momento. Eu queria dizer não. Pensei em meu marido. Então eu o imaginei caminhando na minha direção no quarto com sua genitália infantil sacudindo entre suas pernas. Comecei a desabotoar minha blusa. Logo eu tinha desfeito meu soutien, tirei-o fora, e comecei a escorregar de minha saia. Enquanto isso, “Seu Aldo” tinha acabado de remover suas roupas e eu pude ouvi-lo grunhir uma aprovação a meus seios livres e sacolejantes enquanto eu continuava a remover minha saia e sapatos. No canto de meu olho eu podia ver seu caralho imenso e não-circuncisado sacudindo sua cabeça aprovadoramente para minha nudez - apenas polegadas longe de meu rosto. Eu olhei para ele e fiquei transfixada olhando para aquele membro negro maciço. Ele parecia quase ter vida independente, sacudindo sua vasta cabeça bulbosa, coberta por grossas orlas de pele, e gotejando preporra em profusão. Pensei que era assustador, e, contudo, maravilhoso de um modo inexplicável - e isso fez meu coração disparar com crescente tesão! “Seu Aldo” se aproximou e começou a puxar para baixo minha cinta-liga. Enquanto ele fazia isso, podíamos ver a vasta mancha úmida que meu tesão tinha depositado na virilha. Ela estava arruinada. Arruinada por meu tesão por aquele negro. Completamente nua agora eu fiquei deitada no sofá e olhei para ele. Seu incrível caralho erguia-se dele agora, curvando um ângulo de 80 graus de seu corpo. Ele tinha pelo menos trinta de comprimento e cinco centímetros de diâmetro. Eu nunca imaginei que um homem pudesse ser tão grande. Enquanto eu estava ali deitada olhando para aquilo e ele para olhando para baixo, para mim, eu ergui meu olhar finalmente para seus olhos. Olhamos profundamente nos olhos um do outro e, enquanto o fazíamos, eu lentamente levantei e arreganhei minhas pernas, chamando-o para dentro de mim. Ele ajoelhou sobre a cama e posicionou sua arma africana contra os lábios inchados de minha buceta. Um empurrão para a frente e ele estava dez centímetros dentro de mim. Quando ele começou realmente a me cavalgar - lentamente puxando pra fora e mais rapidamente metendo de volta — cada metida trazia mais e mais dele para dentro de mim. Parecia que a profundidade de sua penetração não tinha fim. Eu grunhia com cada golpe daquela lança. Eu me sentia arpoada por aquele homem que parecia um garanhão negro. E ele continuou, agora com maior velocidade e força. Finalmente, ele enfiou seus braços embaixo de minhas coxas e dobrou-me para trás, minhas pernas sobre seus ombros. Naquele ponto ele parecia um homem possuído. Ele disse entre dentes: “Minha vida toda eu quis ter uma cadela branca como você nessa posição. Agora você vai ter o que merece, sua branquela da porra, minha puta vagabunda!!!” Com isso ele começou a golpear seu caralho para dentro de mim sem misericórdia! Slap, plaft! Slap, plaft! Slap, plaft!!! Enquanto ele golpeava dentro de minhas entranhas ele também golpeava a mim e toda a cama na parede. O barulho que fazíamos entre seu corpo batendo dentro do meu, a cama a golpear na parede, e meus ooohhs e ahhhss com cada penetrante pinote estava criando um ruído ensurdecedor. Através das paredes eu podia ouvir os garçons negros todos aplaudindo no bar, incentivando, assobiando, rindo, e gritando todo tipo de observações rudes e obscenas sobre a cadela loura em quem “Seu Aldo” estava “enfiando o osso”. Eles estavam incentivando de lá o velho rústico que eles podiam agora claramente ouvir fodendo de arregaçar alguma pretensiosa esposa loura de Barão Geraldo. Eles estavam adorando! E eu também… Enquanto a metida que eu estava recebendo seguia incessante. Tudo que eu podia pensar era, “Oh, meu Deus, como ele pode fazer isso? Como ele pode manter esse ritmo?” Plaft! Plaft! Plaft! Plaft! Ele continuou me dando mais e mais golpes de sua aterrorizante ferramenta de ébano. Plaft! Plaft! Plaft! Eu sentia que estava sendo cavalgada por uma espécie de domador negro que iria montar sua égua loura até que ela estivesse completamente domada, submissa. plaft! plaft! plaft! Ele estava fodendo mais e mais rápido e forte. Depois de cinco a dez agonizantes minutos de “Seu Aldo” pilando dentro de minha dolorida buceta, eu senti um imenso orgasmo crescendo. Ele cresceu muito rapidamente e então explodiu em erupção em relâmpagos de luz dentro de mim. Eu logo me dei conta de que eu estava gritando, agarrando-o contra mim, minhas pernas enlaçadas em volta de sua bunda me bombando, seu êmbolo ainda batendo loucamente dentro de meu canal vaginal, domando minha buceta arreganhada como nenhum homem tinha jamais feito. Logo seu grunhir começou e então veio um golpe final, muito duro no fundo de minha cona. Como larva derretida eu podia sentir sua ejaculação lá dentro nas profundezas de meu útero. Naquele exato momento, eu soube que ele estava me engravidando. E eu soube que seria sua para o resto de minha vida. Quando ele acabou eu olhei para ele, puxei sua cabeça para mim, pus meus lábios nos seus e o beijei longamente, profundamente, minha língua escorregando como serpente dentro de sua boca. Nos beijamos durante minutos. Quando nossos lábios se separaram eu sussurrei suavemente para ele: “Eu te amo.” Seu grande rosto negro e rústico abriu-se num imenso esgar. “Como eu lhe disse, benzinho,” ele disse, “se você desse uma chance a esse negão, eu fazia você uma putinha faminta por um pintão preto.” Ele lentamente retirou o que me pareceu uma jibóia preta e melada dos lábios ainda famintos de minha buceta. Ele puxou para fora com um pop enquanto que minha buceta estava agora tão agitada com tesão por ele que não queria deixá-lo ir. Quando ele virou suas costas para mim e acendeu um cigarro, eu me sentei e me apoiei em um braço apenas, olhando para ele. Ele era gordo, suas grandes nádegas negras eram caídas, e sua barriga se projetava até mesmo dos lados. Então enquanto meu olhar baixou, entre suas pernas tortas esquálidas pendia o mais descomunal, imenso, par de culhões que eu jamais tinha visto. Elas pendiam uns quinze centímetros para baixo de sua virilha. Elas eram facilmente do tamanho de bolas de tênis. Enquanto eu fiquei ali estupefata olhando para aquelas coisas grandes e peludas eu concluí novamente que sem dúvida alguma aquele homem tinha acabado de me emprenhar. Eu certamente seria mãe de seu filho dentro de um ano. Mulher alguma podia receber uma descarga de um par de testículos daquelas dimensões sem ser fertilizada. Enquanto meu olhar de admiração continuava, eu pude ver que pendente ainda abaixo de suas bolas de elefante estava um vergalhão ainda semiduro, parecendo de um cavalo. Sua cabeça ainda inchada pendia pelo menos dez centímetros abaixo de seus escrotos. E pendurado da cabeça do vergalhão havia um gosmento cordão de sêmen ainda gotejando. Quando ele se virou para mim eu quase fiquei chocada com sua feiúra. Sua pança era imensa, seu esgar mostrava alguns dentes faltando, alguns dentes de ouro, seu nariz chato e largo atravessando sua cara, e sua genitália era absolutamente ‘anormal’ em seu tamanho. Mas em meus olhos tudo que eu podia ver era um chefe tribal africano incrivelmente másculo, o qual tinha acabado de inseminar sua escrava branca. E ele o fizera como da única forma que um cacique africano podia fazer: Violentamente e completamente! Eu me dei conta de que aquele espécime africano de homem era muito diferente, muito mais poderoso do que qualquer dos ‘meninos’ brancos com que eu tinha estado antes. E eu queria mais… Seu Aldo veio para o sofá em que eu estava deitada. De pé com suas mãos confiantemente em seus quadris ele disse: “Vista-se. É hora de ir embora.” Ainda apoiada sobre um braço eu preguiçosamente estirei e agarrei a base de seu cacete adorável e posicionei a glande em meus lábios. Olhando para seu Aldo eu dei um longo beijo no naco de carne grande e mole. Ele sorriu e disse, “Você agora é minha mulher.” Eu permanecia em silêncio, envergonhada. O que eu podia dizer? Nós tinha acabado de partilhar um ato que deve apenas ser partilhado entre marido e mulher. Como minha única resposta, comecei a beijar sua arma potente de cima a baixo, deixando minha saliva ao longo de seu cilindro grosso e venoso. Foi meu modo de dar silenciosa concordância ao seu pronunciamento. Em certo momento, enquanto eu espalhava beijos ao longo do seu caralho, eu me descobri com meu rosto enterrado em seus pêlos pubianos, grossos como bombril. Eu inalei e bebi do forte cheiro almiscarado dele… meu Homem. E eu adorei. Eu desci minha mão e empalmei suas bolas grandes e carnudas. Eu as ergui e comecei a beijar e lambê-las. Aqueles eram os vasos que iriam produzir meu primeiro bebê negro e belo, pensei. Eu lambi e amei aquelas bolas totalmente. Depois voltei minha atenção de novo para a grossa maçaneta que dominava a ponta do imenso caralho. Eu abri meus lábios e a engoli com alguma dificuldade. Achei-me começando tirar o leite de seu vergalhão com meus lábios úmidos e minha mão punheteira. Logo ele estava crescendo em minha boca, tanto que em seguida eu estava arreganhando minhas mandíbulas para ainda contê-lo. Minhas narinas abriram para me permitir respirar com seu intumescente músculo a meio caminho de minha garganta. Eu tive de me sentar na beira da cama para conseguir que minha cabeça ficasse suficientemente alta para continuar a conter seu cacete, agora duro e ereto, em minha boca, enlaçando seus quadris com meus braços e cravando meus dedos naquela bunda que parecia de pedra, para atraí-lo em minha direção de modo que eu pudesse abocanhar toda aquela carne de macho. Seu Aldo, porém não deixava de mostrar quem era realmente o dominador, e então deu um passo para longe da cama atraindo-me por seu caralho, lábios primeiro, até que eu caí de joelhos em frente a ele, ainda desesperadamente chupando seu membro carnudo. “Nada de sentar durante o trabalho, vadia”, ele grunhiu. Então ele casualmente colocou sua mão atrás de minha cabeça guiando-a enquanto ela me sacudia para a frente e para trás na ponta de sua ferramenta. A porta abriu e o velho que nos dera as chaves do quarto entrou para dizer a seu Aldo que ele precisava do quarto de volta. Na metade de seu pedido ele parou quando me viu de joelhos chupando relaxadamente o vergalhão gordo que seu Aldo tinha dentro de minha boca estufada. Eu não parei meu trabalho, por um lado, porque a mão de seu Aldo na minha nuca me impedia, mas, por outro, porque eu estava me sentindo orgulhosa de ser capaz de arrancar daquele negão poderoso que me submetera com sua imensa rola negra grunhidos de prazer que pareciam vir de um animal. Continuando minha tarefa, eu pude ouvir seu Aldo dizer, numa risadinha, para o homem: “Hei Joca, eu prometi almoço à garota, não foi? Bem, como você pode ver, É HORA DA SOPA!” Ambos riram ruidosamente enquanto eu ignorava sua piada degradante e continuava chupando e punhetando o tamarindo africano, suculento, sumarento, que seu Aldo estava me fornecendo. Logo pude sentir o caralho do velho realmente endurecido, começar a pulsar de modo aterrador, como nos primórdios de um terremoto. Ele começou a grunhir enquanto o músculo carnudo expandiu em minha boca e então vomitou aquela gosma grudenta, uma carga de porra grossa como melado em minha garganta abaixo. Comecei a engasgar, mas seu Aldo me segurou fortemente pelo cabelo não me deixando escapar de seu inflado arpão de ébano. Logo a grossa porra encheu minha boca e começou a vazar em volta de meus lábios que estavam ainda estendidos obscenamente em volta da imensa circunferência de seu caralho. Eu o ouvi começar a rir para mim entre seus grunhidos de tesão: “Esse era o drink que eu lhe prometi, benzinho. Para lavar para baixo toda aquela carne, né?” Eles gargalharam alto com isso e seu Aldo, por fim, me deixou empurrá-lo para fora de minha boca e finalmente respirar. Eu fazia força para engolir a tapioca gordurosa com que aquele velho macho africano marcara sua propriedade, mas engasgava com a qualidade e a consistência grossa da porra. Eu tossia e a gosma escorria por meus lábios e queixo. Movida por um estranho orgulho de ser capaz de servir meu homem, consumindo todo o amor com que ele me consumira, eu pegava o sêmen de volta com os dedos e o enfiava de novo entre meus lábios, meus olhos fixos nos dele, profundamente enamorada daquela monstruosidade física que se fazia, a meus olhos, o mais belo dos guerreiros. Eu caí de costas contra a cama, apenas para sentar ali no chão olhando para ele. Ainda entontecida com tudo que tinha acontecido, tudo que aquele homem tinha me feito fazer. Meus lábios estavam revestidos com o grosso brilho de sua porra. Um pouco tinha molhado minhas bochechas e caído em meu cabelo. E enquanto fiquei ali sentada, lambendo a grossa goma salgada de meus lábios, pude sentir que um fio de esperma ainda pendia gotejante, dançante, de meu queixo. Ele olhou para baixo para mim. “Você faz uma bagunça quando você come, menina. Não sei se serei capaz de tirar sua bunda daqui pra outro lugar, ao menos algum lugar onde pessoas respeitáveis vão.” Ele deu um passo em minha direção agarrou seu caralho e usou o cacete para recolher o fio de porra gotejando de meu queixo e então enfiou seu caralho dentro de minha boca como se alimentasse um bebê. Eu abri ao máximo a boca e tomei-o lá dentro e chupei o néctar fazedor de bebês de sua mangueira negra e carnuda. Homens negros tem gosto tão bom, pensei… Limpei seu caralho cuidadosamente e então comecei a beijá-lo todo novamente quando ele me afastou e começou a se vestir. Ele atirou uma toalha em meu rosto e me disse para me limpar, o almoço tinha acabado. Eu enxuguei meu rosto e lentamente me vesti. Quando terminei, perguntei a seu Aldo se havia algum outro meio de sair para que não tivéssemos que passar por todos aqueles homens. Ele olhou para mim em silêncio de túmulo: “Por que, você tem vergonha de algo”?” “N,… não… não apenas… Bem… Eles todos ouviram e sabem que… o senhor sabe… seu Aldo… seu Aldo, por favor… Eu… Eu não quero…” Ele me esbofeteou de repente duas vezes. Duas bofetadas em série e rápidas, primeiro com a frente, depois as costas da mão. Então disse: “Nunca mais aja como se sua bunda de vaca branca tivesse vergonha de estar com Aldo Silva! Entendeu, cadela?” Nenhum homem tinha jamais feito aquilo comigo antes. Eu escondi meu rosto e me protegi. Eu não estava certa se ele faria aquilo outra vez. Eu estava assustada. Mas também… respeitosa. Aqui estava um homem. Um que, eu agora entendia, não iria aceitar brincadeiras minhas. Nenhuma, ponto final! Eu tinha sempre sido capaz de manipular homens no passado. Homens brancos. Mas esse não iria ser o caso com aquele homem. Aquele homem negro, forte, dominante e muito poderoso, negro africano. Seu Aldo tomou-me pela mão, abriu a porta, e da mesma forma como entramos na churrascaria, nós saímos. Seu Aldo puxando-me pela mão e eu sendo levada atrás dele. Levada pelo homem que tinha acabado de me tomar completa e irrevogavelmente como sua propriedade na frente de todos no bar-grill para todos verem. Pela primeira vez em minha vida, eu sentia que um homem realmente “me possuía”. Quando chegamos de volta à porta traseira do prédio do escritório, eu perguntei: “seu Aldo, por favor não fique zangado, mas o senhor vai… o senhor vai…”, eu estava gaguejando, tentando encontrar as palavras certas. “Eu vou o quê?” seu Aldo perguntou quase sarcasticamente. “o senhor sabe… o senhor vai… Bem… o senhor vai dizer a todos que o senhor – e eu disse a palavra que ele esperava, e que me envergonhava dizer – que o senhor me fodeu?” Ele sorriu. “Não, merda”, ele disse, “eles viram você, uma belezinha branca, desaparecer na hora do almoço com um macho tesudo como eu… diabos, vamos deixá-los tirar suas próprias conclusões, né?” então ele piscou e me deu um grande sorriso condescendente. Senti-me enjoada e envergonhada do que eu tinha acabado de fazer por aquele velho zelador preto e desagradável. Contudo enquanto eu abria a porta do carro e estava prestes a sair eu não pude evitar perguntar: “Nós vamos almoçar outra vez?” “Querida, eu sou um homem ocupado. Vamos ver. Tchau!” Com isso, seu Aldo fechou a porta e se foi.Eu caminhei para o prédio, meu rosto vermelho, tanto de raiva quanto de humilhação. Como podia aquilo ter acontecido comigo, pensei. Eu tinha sido usada por um zelador negro e velho - e em um simples almoço… “encontro”. O resto do dia no trabalho eu não pude pensar em outra coisa exceto quão enraivecida eu estava comigo mesma e com aquele negro animal. E contudo, várias vezes eu tive que fugir para o sanitário feminino, entrar num reservado, baixar minha roupa de baixo, e aliviar o inacreditável tesão entre minhas coxas abertas. Naquela noite quando cheguei em casa eu estava muito quieta. André, saindo do chuveiro, começou a me questionar sobre o trabalho aquele dia. Finalmente, eu casualmente mencionei que eu fora almoçar com seu Aldo. Houve um longo silêncio e então André veio até mim e disse “o quê?” num tom de voz muito alto e muito chocado. “O que diabos você está pensando!?!” ele berrou, lançando-se sobre mim de um modo quase ameaçador. “Bem, ele é muito, muito persistente”, eu disse. E eu disse isso num tom casual, quase provocador. Eu acho que no fundo eu estava realmente muito zangada. Zangada porque meu marido não era homem bastante para manter-me satisfeita em casa. Homem bastante para manter outros homens ao largo. Depois de tudo, pensei, eu tinha lhe dito que aquele homem estava dando em cima de mim e ele nada fez. Nada para proteger e defender-me - e minha honra. Uma honra que agora se fora - tomada para sempre. Tomada por um zelador preto e com 65 anos de idade. “Por que você não lhe disse apenas não!?!” A voz de André estava subindo agora. Ele estava quase ficando histérico. Como uma mulher, pensei. E ele parecia tão ridículo outra vez, parado ali gritando, nu, com seus pequenos genitais pendendo e sacudindo de um lado pra o outro como se alguém tivesse grudado as partes privadas de alguém de cinco anos num homem de 30. Tudo que eu podia fazer era me perguntar o que eu havia visto naquele homem?. Ele agora parecia tão ineficiente, tão fraco, tão impotente… tão branco. Eu me levantei, despi-me e caminhei para o chuveiro deixando-o ali dizendo, “Bem… Bem… você vai dizer algo?” Lá do banheiro, eu respondi enquanto fechava a porta. “Não.” Eu abri o chuveiro, mas antes de entrar notei o que meu marido devia ter visto quando eu me despi. Minhas costas estavam esfoladas e vermelhas de toda a esfregação no sofá daquele quarto dos fundos em que seu Aldo tinha me fodido. Também minha buceta estava vermelha e dolorida tanto pelo caralho esfolador de seu Aldo quanto por minha própria masturbação constante ao longo do dia quando fiquei relembrando o momento em que fora possuída. André tinha que ter percebido. Era inevitável. Minha porçãozinha de pêlo de buceta estava embaraçada com sêmen seco. Em resumo, eu estava uma bagunça com sexo recente. E até mesmo cheirava a isso. Pensei: “Ele sabe que seu Aldo me fodeu. Ele sabe e, contudo, tudo que ele faz é ficar ali e ficar histérico pedindo-me para dizer algo.” Eu entrei no chuveiro e deixei-me molhar. Quando eu me sentei na borda da banheira, senti a água bater nos meus seios, barriga e parte interna das coxas, e comecei a ficar excitada outra vez. E dizer em meus pensamentos agora “seu Aldo” não era mais apenas um modo de me referir a um desconhecido mais velho, mas meu modo de render homenagem a alguém superior a mim, a meu dominador, ao dono daquele salame negro que modificara minha vida para sempre. Era um modo de demonstrar para mim mesma que as pistoladas de seu Aldo em minha buceta, tinham feito dela “sua buceta”. E era um modo de esconder também que aquele que meu cérebro chamava de “seu Aldo” meu corpo chamava de “meu Aldo”. Enquanto minha fantasia sobre o velho zelador continuava… Eu gozei. Muito fortemente, quase violentamente. “OH… Oh… oh..ooooohhhh. Oh, seu Aldo, seu Aldo, seu Aldo”, eu gaguejei mais e mais. Naquela noite na cama André subiu em cima de mim e tentou me montar. Mas não pôde. De nada adiantou o tanto que ele tentou, porque nem mesmo chegou perto de ficar duro. Parecia patético, quando ele começou a esfregar seus genitais moles contra minha buceta. Então de repente, ele rolou de cima de mim e começou a se lamentar em nossa cama. “Ele espera que eu o console? Ele me dá nojo!!!”, pensei. Quão estranho… Parecia que aqui estava um homem que rira de outro que abordara sua mulher, mas agora descobrira que ela lhe fora tomada por aquele mesmo de quem rira. E agora aquele preto velho que fora chamado de ‘ridículo’ estava, com efeito, emasculando-o através da sedução de sua mulher. “Quem está rindo agora?”, pensei. Na manhã seguinte, enquanto eu me vestia para o trabalho, André começou de novo. “Olhe, eu vou perdoar você, Ok? Mas de agora em diante você lhe diga ‘Não’. Entendeu?” Eu olhei para ele com desprezo: “Por que você não vem ao escritório e lhe diz ‘Não’ você mesmo. E seja um homem - ao menos por uma vez!” “Certo. Eu podia fazer exatamente isso!” “Vou esperar sentada…” eu lhe disse enquanto saía. O dia passou, porém, sem que seu Aldo me procurasse. E o dia seguinte, e mais outros. No trabalho, a cada dia, eu esperava seu Aldo encontrar um motivo para vir ao meu departamento para consertar algo. Eu pensei que sem dúvida alguma ele encontraria uma desculpa para me ver. Mas enquanto os dias passavam, nada de seu Aldo. Finalmente, comecei a inventar esdrúxulos motivos para chamar a manutenção para tentar conseguir que ele viesse ao meu departamento. Mas cada vez outro homem aparecia. “Droga”, descobri-me pensando, toda essa roupa sexy, mas ele nem mesmo vem dar uma olhada. Enquanto os dias passavam comecei a ficar zangada. “O quê? Ele pensa que é bom demais para mim???” Eu me descobria completamente distraída e furiosa. “Ele é um merda de um negro zelador. Pensei de modo racista. “Ele devia sentir-se com sorte por ter tido o que eu lhe dei!” Mas depois, como acontece com as mulheres, comecei a perder minha confiança. Talvez eu não tivesse sido tão boa no sofá aquele dia, pensei preocupada. Talvez outras mulheres tivessem lhe agradado mais. Talvez eu pudesse fazer melhor da próxima vez se eu lesse livros sobre o que os homens gostam. Talvez eu devesse perguntar a algumas das mulheres negras aqui do escritório o que elas faziam para agradar seus homens. Meus pensamentos iam e vinham até que me desesperei; convenci-me que eu não chegara aos pés do tipo de mulher que podia manter um homem como seu Aldo. Mas talvez fosse verdade, talvez eu apenas não fosse boa o bastante para ele. Logo eu me achei imaginando desculpas para ir lá embaixo no porão visitar o Departamento de Manutenção. Uma sexta-feira eu decidi que faria isso. Eu iria lá e descobriria por que seu Aldo nunca me chamara outra vez. Eu desci ao porão, fui vestida num vestido de crochê apertado, bastante curto e calçando sapatos de saltos altos, muito altos. Eu queria estar vestida para matar. Quando eu bati na porta eu ouvi a voz de seu Aldo dizer, “Entre!” Eu abri e ali estava ele sentado à mesa jogando cartas com vários outros pretos, todos parecendo atônitos por ver loura jovem, gostosa, chamando por ele. “Seu Aldo eu podia ter uma palavrinha com o senhor?” eu perguntei de certo modo acanhadamente. Seu Aldo virou-se com um grande sorriso para os outros homens - os quais devolveram seu sorriso com os seus próprios sorrisos e caretas - e disse, “Claro benzinho. Sem problema.” Enquanto saíamos da sala, seu Aldo virou-se de novo para os outros e lhes deu outro sorriso seguido por uma careta obscena com movimentos com a língua. Todos riram enquanto nós saíamos ao corredor. Naquele ponto meu rosto já estava vermelho de embaraço e raiva de ser tratada como uma vagabunda. Quando descemos o corredor para uma área onde podíamos conversar, voltei-me para seu Aldo e disse: “Então, o senhor não ligou… o que aconteceu?” eu tentei falar com um tom casual, mas minha raiva e nervosismo me traíram e seu Aldo pôde ouvir desespero em minha voz. Eu era sua. “Benzinho, faz apenas umas duas semanas. Cristo, eu não pensei que você estivesse precisando de mais tão cedo”, ele me repreendeu com um grande esgar condescendente. “Olhe, corte o tom condescendente!!!” Minha voz se elevou de repente, expondo novamente minha carência. “Ei, Ei, benzinho… Isso soa como se você estivesse tendo pequenos chiliques outra vez. Agora você lembra o que aconteceu da última vez que você teve um chilique… você quer um pouco mais daquilo?” ele disse referindo-se às bofetadas que ele tinha me dado no quarto dos fundos do bar no dia em que tinha me fodido. Então seu rosto se iluminou, “Então outra vez, talvez isso seja exatamente o que você quer. Hem, benzinho. Eu tenho a impressão você gosta de um pouco de rudeza, né?” ele disse, de modo cru sorrindo para mim. Meu rosto estava vermelho e eu me sentia de certo modo entontecida com o que ele tinha acabado de me acusar. Talvez porque houvesse mais verdade naquilo do que eu ousava admitir pra mim mesma. Novamente, eu senti meu corpo todo responder ao que seu Aldo tinha dito. Quando eu tentei olhar para baixo para fugir do seu olhar lúbrico comecei a sentir meus seios se projetando e inchando. A droga dos meus mamilos novamente começaram a espichar para obscenas proporções contra o apertado tecido do vestido. E meus lábios vaginais também estavam inchados e ficando melados. “O que estava acontecendo?”, pensei. Será que eu gostara da surra que aquele bruto tinha me dado? Eu lembrei que eu me sentira tão segura aquele dia logo após ele fazer aquilo. Muito mais que agredida eu me sentira na presença de um homem mais poderoso, mais seguro de si do que eu era e do que qualquer pessoa que eu já tivesse conhecido. E eu gostara daquilo. “Eu não gostei daquilo”, menti. “Bem, você diz não… mas eles dizem, oh siimmm”, ele disse quando começou a agarrar meus seios e manipular os mamilos com o polegar. Eu estava excitada e ele sabia disso, aquele homem que tinha tão rápida, e tão facilmente, se tornado meu dono sexual. E eu queria muito lhe dar prazer como sua escrava sexual. “Benzinho, Por que você não abaixa e faz o que você faz melhor, hem?” ele sugeriu. “Eu não posso, não aqui. Qualquer um pode nos ver”, eu disse, embora nós estivéssemos numa área razoavelmente segura. “Eu estou ouvindo que você tem vergonha de ser vista com um homem negro, Benzinho?” seu Aldo perguntou, ameaçadoramente. “Não… não bem, realmente. O senhor sabe disso. Eu lhe disse como eu me sentia antes a respeito disso…” “Bem, você tem de me mostrar”, seu Aldo respondeu com um tom exigente e zangado, enquanto ficou esperando. Esperando ‘sua mulher’ agir. Depois de uma longa pausa - e depois que eu não pude mais suportar o crescente suspense de seu olhar zangado - Eu fui e comecei a desafivelar seu cinturão, comecei a abrir o cós de sua calça e o zíper de sua braguilha. Em seguida eu estava ajoelhada na frente dele, puxando para baixo suas calças. Eu amei cheirar o forte odor almiscarado de sua virilha outra vez. Eu agarrei seu estupendo, monstruoso caralho e comecei a masturbá-lo. “Despertando a serpente para a vida”, pensei. Depois de tudo, havia um trabalho a ser feito - e eu era o trabalho que ele precisava fazer!!! Eu fiquei mamando e beijando o caralho de seu Aldo mesmo quando intermitentemente olhava sobre meu ombro e em volta da área, temerosa de que a qualquer minuto alguém nos descobrisse. Meu Deus, pensei. O que eu iria dizer? Uma Gerente de Marketing se escondendo no porão para chupar um zelador! E eu ainda era uma recém-casada!!! Além disso, Como poderia explicar aquilo para qualquer outra pessoa? Eu não podia nem mesmo explicar isso para mim mesma…!!! As mãos de seu Aldo estavam agora em meus cabelos, direcionando minha cabeça e boca para a tarefa. Comecei chupando-o vorazmente, querendo ter certeza dessa vez de que eu satisfaria totalmente aquele homem… meu homem. Eu balancei minha cabeça de cima a baixo de seu cacete que engrossava de modo exagerado, puxando e punhetando a grossa carne africana que ele oferecia a mim, sua escrava branca. Enrolando minha língua embaixo e em volta do embainhado calombo de seu caralho não-circuncisado, eu trabalhava furiosamente para dar àquele naco de masculinidade africana tanto prazer quanto eu pudesse. Minha língua sondava as camadas de pele que cobriam a glande de seu vergalhão até que comecei a ouvi-lo grunhir e resmungar para mim… “É isso aí branquinha vagabunda, putinha do caralho. Faz o que você nasceu pra fazer, cadela: chupar o caralho de um negão. ‘Porque é só pra isso que você presta puta-chupadora! Chupar um caralho preto!” Eu sabia que quando ele me xingava de nomes mais e mais rudes era porque ele estava chegando perto de gozar. Por isso eu me esforcei mais; puxando, chupando, lambendo e de vez em quando tirando pra fora e beijando seu membro maciço. Ele estava como aço agora e sua arma inchada começou a expandir para o ponto de explodir. Naquele momento ele tirou de minha boca e começou a punhetá-lo em meu rosto. “Abre bem puta vagabunda!” ele ordenou. Eu abri minha boca de modo submisso e esperei. “Obedecendo meu senhor como um cão faria”, pensei. E então ele gozou!!! Como uma represa explodindo ele disparou carga após carga dentro de minha boca; em todo meu rosto, testa, cabelo e então, aparentemente, sobre toda a frente de meu vestido de crochê… Eu estava sendo coberta da porra que tinha me emprenhado em nosso primeiro acasalamento, pensei no fundo de meu cérebro cheio de tesão. Eu empalmei seus testículos descomunais e então comecei a ordenhá-los, tentando extrair mais do molho grosso e leitoso em que eu já estava ensopada. Meu cabelo estava gotejando seu sêmen na minha nuca. Era quente, ardente, com sua semente poderosa. Que desperdício, me pareceu, de futuros machos negros. Eu lambi a gosmenta semente desperdiçada ainda gotejando e minando de seu caralho. Eu babava sobre ele, lambendo e limpando meu homem com todo o amor de meu ser. Seu Aldo afastou seu caralho de mim e estapeou meu rosto com ele duas ou três vezes: “Eram palmadas de cadela que você queria, ein, benzinho?” ele sacaneou do modo mais aviltante que um homem podia a uma mulher que ele sabia que era sua - completamente. “Porra, garota, olhe só o que você foi fazer com esse vestido você babou ele todo. Porra, você é mesmo uma vadia.” Eu olhei para baixo para a grossa mancha gosmenta que corria de cima a baixo da frente de meu vestido, da gola até meu umbigo. Eu estava totalmente lavada pela mangueira de seu Aldo. Comecei a sentir-me envergonhada. Eu me sentia como as putas de verdade sobre as quais eu tinha sempre fofocado na escola quando eu era rainha da primavera e baliza da fanfarra. Agora eu estava de joelhos, tendo acabado de chupar um velho zelador de 65 anos, e coberta com a porra daquele negão. E comecei a chorar. “Oh merda, cara, não vamos começar com isso, gostosinha”, ele disse, ficando irritado. “Vamos”, ele grunhia enquanto ele me levantava e me ajudava a entrar numa sala fora do corredor. Ele acendeu a luz e disse que ia me ajudar a limpar. Ele achou alguns lenços de papel e os entregou para mim enquanto eu enxugava meu rosto e assoava meu nariz. Eu queria muito sua simpatia… E mais. Mas ele estava claramente apenas tentando terminar seu prazer barato de modo a poder voltar a trabalhar. Comecei a chorar novamente enquanto eu esfregava meu cabelo grudento. Diante disso, seu Aldo pôs seu braço ao meu redor e disse, “Hei gostosinha, Sinto muito. Eu estava só brincando, OK?” Eu balancei a cabeça demonstrando aceitar de suas desculpas. E ele começou a acariciar minha nuca por trás. Parecia gentil e tão bom. Alguma ternura, finalmente, deste homem estúpido. Então suas mãos me envolveram pelas costas e começaram a amassar minhas tetas. Primeiro suavemente, então mais rudemente. Eu podia sentir seu caralho endurecer se enfiando entre minhas nádegas. Mesmo por cima de meu vestido e de suas calças, era tão grande que eu podia sentir cada minucioso detalhe de seu formato, desde as veias até a crescente maçaneta do tamanho de uma ameixa. Sem nenhuma outra palavra ou aviso, seu Aldo levantou meu vestido sobre minha cabeça. “Merda, eu preciso de você de novo, cachorra”, ele exclamou. “Tire o soutien..” ele exigiu. Eu baixei meus braços que tentavam instintivamente cobrir meus seios. Depois de um breve momento de pausa, eu passei as mãos por sobre o meu ombro e abri meu soutien. Eu o deixei escorregar por meus braços para minhas mãos e através delas para o chão. “Tire isso”, ele mostrou minha calcinha mesmo enquanto ele estava abrindo e tirando suas calças. Eu retirei minha calcinha que estava úmida - o que tinha agora se tornado tão comum para mim, especialmente, quando perto de seu Aldo - saí de meus saltos altos e chutei-os para longe. Seu Aldo tinha percebido a umidade em minha calcinha e murmurou, “vaquinha ninfomaníaca…”. Ele tirou sua camisa e ficou nu agora exceto por suas botas. Eu pus meus saltos altos de novo e fiquei nua na frente dele. Nós dois nus e calçados. “Vire-se e curve-se!” Eu fiz como ele mandou e debrucei sobre uma mesa no quarto sujo. Eu senti o calombo gordo de sua rola começar a se esfregar em toda a extensão da minha fenda melada. Com pequena hesitação, ele enfiou e depois puxou meus quadris de volta para seu longo e grosso arpão, empalando-me com todos os trinta centímetros de seu sexo. Ele começou a bombá-lo para dentro de mim! Eu tinha certeza de que alguém ouviria as ruidosas batidas - Xilap! Xilap! Xilap! - de seus quadris na minha bunda, assim como nossos grunhidos enquanto nos acasalávamos violentamente no quarto escuro. Novamente e novamente ele dirigiu seu poderoso êmbolo para dentro de minha buceta dolorida, mas faminta. Suas imensas mãos negras amassaram minhas tetas rudemente. Ele puxava e beliscava meus mamilos fazendo-me gritar de dor mas também de tesão. Eu me sentia como uma vaca sendo ordenhada por seu dono. E eu adorei. De repente, o quarto todo estava com o cheiro de almíscar de nosso acasalamento. Então seu Aldo agarrou um punhado de meu cabelo, puxou minha cabeça para trás, golpeou fundo para dentro de mim e ejaculou sua negra semente lá dentro no fundo de meu ventre. “Você é minha égua reprodutora, Sandrinha”, ele grunhia enquanto seu caralho de garanhão começou a inchar e cuspir… E inchar e cuspir… outra e outra vez, despejando seu esperma africano, como lava, no meu útero. Quando acabou, ele silenciosamente, e casualmente, vestiu-se e começou a deixar o quarto. “O senhor acabou?” eu perguntei com raiva e sarcasmo. “Sim”, ele replicou sem sentimento. Eu fiz uma pausa sem saber o que dizer… minha raiva exaurida enquanto eu me dava conta de que ele estava para partir sem qualquer sentimento de culpa… E pouco interesse. “Eu vou ver o senhor outra vez?”, eu perguntei, mas de um modo que deixava claro que eu estava implorando. “Vamos ver.” ele disse, e se foi. Eu me vesti. Caminhei para meu carro tentando cobrir a imensa mancha de esperma que corria ao longo de meu vestido e entrei. Quando comecei a sair do estacionamento para ir para casa e me trocar eu vi seu Aldo no estacionamento com alguns outros negros da manutenção rindo alto e apertando as mãos uns dos outros. Eu dirigi para casa num torpor, relembrando como meu pai sempre se referia a mim como sua “Princesa Ariana”… E se ele me visse agora, pensei, dirigindo para casa depois de ter chupado e fodido um zelador negro, mais velho que ele. Quando me separei de seu Aldo, cheia de vergonhas e mágoas de mim mesma por não saber como resolver minha vida, fiquei pensando que devia ir visitar meu pai, voltar a minhas raízes, buscar uma tranqüilidade que eu perdera no quarto dos fundos do “Recanto dos Manos” bar-grill. Ao chegar em casa, fiz planos para ir para Londrina visitar meu pai e liguei avisando. Ele ficou contente e começou logo com seus comentários sobre “Princesa Ariana”, etc. Encontramos no aeroporto e minha mãe não estava ali por que fora visitar alguns parentes em Curitiba. Chegando a área interna do aeroporto, Papai correu e me segurou em seus braços e sussurrou, “Bem-vinda ao lar, Princesa.” Saímos para jantar e os olhos de papai não me deixaram a noite toda. Era tarde quando entramos em casa e eu subi para meu quarto de dormir. Nós caímos no sono. Quando despertamos, nos beijamos, acariciando-nos como amantes fazem ao acordar. Papai tinha um olhar distante enquanto estávamos deitados juntos.”O que é, papai?” eu perguntei.”Princesa. Você já… Er… uh… já… você sabe,… Esteve com um negro? Você sabe…?” Eu deixei a pergunta cair no silêncio do quarto. Longos momentos passaram e eu fiz o suspense de minha resposta crescer.”Sim.” eu finalmente murmurei. Uma careta de dor se espalhou sobre o rosto de meu pai enquanto ele jazia ali, ainda me abraçando em seus braços.”Por que você me pergunta, papai?” Depois que o pior da dor pareceu sair de seu rosto ele começou a revelar uma história há muito escondida:”Quando sua mãe e eu nos casamos… Eu tive que partir para a guerra… E, quando eu retornei, eu ouvi um rumor estranho e terrível na cidade. Sua mãe, me foi dito, tinha estado vendo um homem negro mais velho na cidade, o qual era dono de alguns bares e lojas de bebidas…”Enquanto meu pai procedia com a história meu sangue gelou. Minha mãe e um negro mais velho! Como podia ser? Seria aquilo algo genético nas mulheres de nossa família! Eu não poderia num milhão de anos imaginar minha bela e conservadora mãe nos braços de um homem de descendência africana.Meu pai continuou:”Acho que ele tinha estado perseguindo ela e ela tinha repelido ele diversas vezes… mas depois… Ela finalmente aceitou seu convite… quando eu lhe perguntei porque, ela disse que o homem foi persistente fora do normal… Ele gastou sua resistência e ela pensou que talvez se ela fosse jantar com ele, poderia fazê-lo parar.” Meu coração pulsava enquanto eu ouvia uma história que inicialmente parecera inacreditável em se tratando de minha mãe, e contudo, tão estranhamente familiar em se tratando de meu próprio passado recente. “Ela foi jantar com ele”, papai continuou, “e o jantar logo se tornou uma noite completa juntos… Em seu apartamento… Em sua cama. Jesus! Acho que ela o satisfez de todo modo que uma mulher podia” Papai fez uma pausa enquanto ele revivia a dor da traição de minha mãe. “Eles se viram muitas vezes nas próximas duas semanas e então aquilo subitamente acabou. Quando eu perguntei porque ela decidiu finalmente parar… Ela disse: que não fora ela. Ele decidira. Ela aparentemente lhe implorou para continuar com ela, mas ele disse que tinha cansado dela… E tudo que ela tinha estado lhe dando aquelas noites.” Eu estava pasma com tudo o que tinha acabado de ouvir. Papai acabou a história com: “Alguns meses após sua confissão para mim, nós tivemos uma infeliz descoberta. Sua mãe estava grávida de Joca. Ela teve de fazer um aborto.” Joca!!! Onde tinha eu ouvido aquele nome antes!?! Estranho… não era esse o nome do velho no “Recanto dos Manos” Bar Grill onde seu Aldo tinha me fodido na nossa primeira vez? “Era uma cidade pequena”, papai concluiu, “todo mundo ouviu… sobre o bebê e tudo… nós tivemos que mudar. Eu era o maldito motivo de riso da cidade.” Ele virou sua cabeça e fez uma pausa por alguns minutos enquanto retomava sua postura. “Princesa, voltando a você, isso foi há muito tempo… sua..er, uh… ‘relação’… com o negro… ou, você sabe, foi, uh… recente?” “Recente.” eu respondi sem emoção. Mais dor veio ao seu rosto. “Você vai vê-lo de novo”, ele perguntou solenemente. “Sim.” eu respondi simples e diretamente. A dor cobriu o rosto de papai de novo enquanto ele rolava para longe de mim e sentava na beira da cama. Cabeça nas mãos, ele começou a soluçar. Eu fiquei deitada ali, olhando para o teto, não oferecendo palavras ou simpatia. Ele tinha perdido ambos seus mais protegidos amores, sua esposa e sua filha, para os braços… E virilhas… de pretos velhos. Enquanto continuava a chorar, cada vez mais alto, ele se ergueu com suas costas para mim e cambaleou para fora do quarto. No canto de meu olho, eu vi no espelho do quarto enquanto ele saía, seu gordo e carnudo caralho balançando na frente dele, duro de tesão, apesar de sua angústia. Levaria algum tempo até eu entender completamente a doentia autocomiseração, e contudo excitação, que homens brancos encontram na consciência de que os mais preciosos amores de suas vidas - suas esposas e filhas - foram penetradas por caralhos negros… E, ainda mais, emprenhadas pela semente de um homem negro. Em pouco tempo eu me encontrava num táxi rumo ao aeroporto para tomar meu vôo de volta para Campinas. Minha vida tinha mudado tão terrivelmente nas últimas duas semanas, eu refleti. Eu tinha me tornado a trepada fácil de um zelador negro e me tornado obcecada com seu caralho. Pior ainda, minha gravidez iria logo mostrar a todo mundo que eu estava para ser a mãe de seu filho. Enquanto eu dirigia para tomar meu avião, embora ainda desnorteada, eu vi à minha frente, o caminho aberto pelo qual minha vida teria agora seguimento. Comecei a pensar de novo - como minha mãe tinha feito anos antes de mim — no amor de minha vida: um velho negro a quem meu corpo e alma estavam agora devotados. Seu nome - seu Aldo !
Um dia, no trabalho, seu Aldo me disse que embora eu nunca tivesse encontrado alguém do resto de sua família, ele queria que eu conhecesse seu “papai”. Eu não podia acreditar que ele pudesse ter um pai ainda vivo, mas ele me disse que certamente tinha e que seu pai tinha apenas 80 anos. Ele queria que eu o encontrasse e a seu pai no aniversário de seu pai. Pensei que aquele era o mais belo gesto que ele já tinha feito em termos de tratar-me como se eu fosse realmente parte de sua vida. Só por isso concordei em encontrá-los na casa de seu pai naquele dia depois do trabalho. O pai de seu Aldo era muito velho e curvado. Ele era desdentado e usava suas calças puxadas quase até o seu peito, presa ali por um grosso par de suspensórios velhos. Tinha cabelo grosso crescendo para fora de seus ouvidos e era ligeiramente surdo. Pensei que talvez se ele cortasse um pouco os pelos de suas orelhas fosse capaz de ouvir melhor. Mas preferi não oferecer minhas sugestões. Quando encontrei “Oto”, eu estava vestindo um vestido preto curto, com um decote profundo. Eu queria impressionar. Eu também usava a corrente de seu Aldo em meu tornozelo. Eu preferia não desobedecer ou agir demasiado independente e, ademais, secretamente eu adorava pensar em mim mesma como propriedade de seu Aldo. Creio que aquilo era tão excitante para mim quanto para ele. Nunca esquecerei o olhar no rosto de Oto, quando fui apresentada a ele. Ele me olhou de cima a baixo como se não pudesse acreditar que eu fosse mulher de seu filho. Seu rosto se iluminou e ele ficou quase sem fala. Então ele disse alto, para seu Aldo enquanto olhava para mim, “Puta merda, filho … Eu não tinha idéia de você estava falando de algo assim!!!” Eu sorri e fiquei ruborizada. Eu estava agradavelmente constrangida. E então enquanto o ancião me olhava, meus seios retomaram seu hábito - enquanto admirados por homens negros mais velhos - de inchar, erguer-se, e projetar seus mamilos. Oto notou. A múmia de ébano na minha frente começou a lamber seus velhos e grossos lábios e, surpreendentemente, comecei a ver suas calças estufar. Oto era grande como seu filho. Seu Aldo tivera de quem herdar suas características. Na mesma hora em que Oto me notou e minhas protuberâncias, eu notei a dele. Nós dois estávamos impressionados com os dotes um do outro. Oto deu uma palmadinha no sofá junto a ele e me pediu para sentar ali. Eu fiz isso. Seu Aldo então me surpreendeu ao pedir desculpas, dizendo que precisava ir à loja de bebidas buscar umas cervejas. Oto e eu ficamos juntos sentados no sofá. Ele virou-se para mim, dizendo-me que me achava, “uma beleza.” Quando ele se virou, o volumoso arpão que era seu caralho projetou-se, esticando suas calças de modo obsceno. Eu fiquei ruborizada e disse “obrigado”, mas não pude evitar dar uma espiada em seu equipamento e imaginar seu tamanho - e poder de enrijecimento. Oto me falou de sua infância lá em Pernambuco e de como ele muitas vezes se descobrira desejando alguma bela mulher branca, e então tinha que desviar seus olhos quando ela olhava de volta, temendo por sua vida se seu olhar fosse tomado for lubricidade - o que às vezes era. Oto me disse ele idolatrava aquelas belas damas filhas dos fazendeiros, as quais ele às vezes via de longe. Mas ele também as odiava por sua pretensão de superioridade e afetação. Ele sempre desejara poder apenas uma vez estar com uma. “E agora,” ele disse: “com você, Sandrinha, aqui em meu aniversário - talvez meu último - meu filho me diz que você vai fazer meu desejo realizar-se, né?” Eu estava chocada. Ele estava brincando? eu pensei. Eu sorri e tentei rir daquilo, “Oh certamente, Oto, eu sou apenas um presente especial para você hoje, certo?” eu ri. Mas Oto não estava rindo. “Você ri, mocinha… Mas é pra isso que você está aqui certo?” Oto parecia magoado. Eu imediatamente soube que seu Aldo tinha feito uma piada cruel com nós dois. Eu me senti péssima por Oto. Como podia seu Aldo fazer aquilo ao seu velho pai de 80 anos? “Oto, eu sinto muito. Eu acho que seu Aldo fez uma piada cruel com nós dois. Eu vim aqui apenas para desejar feliz aniversário a você, nada mais.” Oto pareceu pender, tão triste e constrangido parecia. “Eu devo ser um tolo,” ele resmungou, “Eu devo ser um tolo para pensar que uma deusa como você iria querer…” “Não Oto, não diga isso,” eu atalhei, sentindo-me terrível por aquele pobre velho homem. “Não há motivo para que uma mulher não queira estar com um homem como você,” eu disse: tentando levantar seu ânimo. Mas eu não imaginei como minhas palavras poderiam soar para um homem velho desesperado. “Por quê?” ele me disse desafiando. “Bem, você é mais velho, mais experiente e mais maduro que muitos homens mais jovens. Você deve saber, seu Aldo deve ter lhe falado sobre nós dois, e você deve saber, pelo que ele lhe disse, que muitas mulheres brancas jovens e bonitas são particularmente atraídas por homens negros muito mais velhos.” Eu podia ver seu ânimo se elevando. Mas, infelizmente, eu notei que o nervo em suas calças estava subindo também. “Então, você realmente acha esse preto velho de certo modo atraente, né?” Eu fiquei paralisada naquele momento. O que eu podia dizer? “Sim. É claro. … você é muito, muito elegante, Oto, você realmente é.” “Bem, então, doçura, porque você não toma uma amostra de um pouco disso, hem?” ele disse desviando o olhar para seu enorme pau duro. “Bem, Oto, eu sou namorada de seu Aldo. Você entende, né?” Oto debruçou-se e começou a acariciar minha coxa. “Qualquer coisa que é de meu filho é minha por direito de família.” Normalmente, eu teria rido de um comentário tão sem sentido. Mas eu vi que Oto estava sério. E seu manuseio estava começando a deslizar cada vez mais pra cima de minha coxa. Eu tentei segurar seu pulso e empurrá-lo delicadamente, dizendo, “Oto, isso é realmente descabido,” mas era claro que o velho não tinha tido nenhum conhecimento sobre o que significava assédio sexual - e ele realmente não ligava se seu apalpar de minha coxa era `descabido’ ou não. “Porra, Sandra, você tem umas lindas pernas!” Oto exclamou, olhando para a carne que ele estava apertando no alto de minhas coxas carnudas. Enquanto eu lutava, tentando empurrar suas mãos, eu respondi de modo ridículo, “O-obrigado, Sr. Silva. É-É muito gentil de você dizer … Mas é realmente, realmente descabido você estar me apalpando desse jeito!” Lentamente, aquele velho sátiro estava fazendo minhas coxas abrirem. Eu me senti desamparada, eu não queria insultá-lo e sentir a ira de seu Aldo, mas eu não queria me submeter àquele horrível e rústico bode velho. “Vamos Sandra, você sabe que você me quer. Eu vi você olhando minha manjuba, mocinha.” Oto estava certo em certa medida. Enquanto eu tentava rechaçá-lo, não pude evitar espiar a volumosa protuberância dentro de suas calças. Havia até mesmo uma mancha úmida crescente formando-se bem acima da cabeça dele, encharcando o tecido surrado. Comecei a imaginar, que se eu apenas o esfregasse um pouco ele iria gozar e então me deixar em paz. Decidi-me e comecei a esfregar o volume nas calças do velho. Mas meu plano saiu pela culatra, ele estimulou a idéia de que eu realmente o queria, e ele se empenhou mais firmemente em seu objetivo. Não era minha vontade, mas meu corpo começou a reagir como se tivesse uma vontade própria e buscasse exibir seus encantos àquele velho. Ou talvez fosse sua vontade renunciar a qualquer controle interior, e render-se àquela vontade superior à minha, que exigia minha submissão. Infelizmente, minhas coxas começaram a ceder sob a constante sondagem das mãos e dedos do patriarca africano. Oto subitamente abriu um largo sorriso. Ele me olhou no fundo dos olhos e declarou a verdade inexorável: “Menina, você está molhadinha por mim.” Eu estava. Eu estava envergonhada então, e estou envergonhada agora quando me lembro e conto, mas as mãos de Oto me acariciando, e a visão e o sentir daquele monstro encoberto entre suas pernas tinham me deixado ardendo tesão e molhadinha por aquele octogenário preto desdentado e enrugado. Oto curvou-se sobre mim e, debruçado, pôs seus grossos lábios em meu pescoço. Ele chupou-o, delicadamente no início, e depois com lubricidade. Nós ficamos sentados como adolescentes no jardim do prédio, com aquele ‘moreninho’ plantando uma grande, mancha vermelha em meu macio pescoço branco. A mão de Oto acariciou meu seio, seu polegar brincando com meu mamilo inchado e dolorido. Eu gemi. Eu podia sentir minha calcinha ficando mais úmida. Agora meu corpo estava respondendo a Oto. Os lábios de minha buceta estavam segregando sucos, lubrificando especificamente para que sua idosa arma preta pudesse penetrá-los. Eu murmurei: “Oto, há um quarto onde nós possamos ir?” Ele retirou seus lábios de minha garganta com um beijo ruidoso, “Claro… é isso o que ‘você quer?” ele perguntou olhando-me no olho, agora no comando da situação. Ele já sabia a resposta. Mas, mais do que ouvir minha concordância, tenho certeza de que Oto pretendeu obrigar-me a reconhecer que a jovem esposa loura de André Silva, depois de ter sido arrebatada, penetrada e esporrada por seu filho Aldo, reconhecia agora e se rendia à necessidade atávica das mulheres brancas de entregarem o corpo e receberem nas entranhas a gosma e o poder inchado em carne negra dos filhos da África. “Sim,” eu murmurei de volta, desviando meus olhos dos dele. Envergonhada de meu tesão. Ele apontou para um corredor atrás de nós. Eu me levantei. Oto não podia levantar do sofá sozinho, e tive que ajudá-lo puxando-o do sofá e pelo corredor. Uma vez no quarto, eu tive mesmo que ajudá-lo a despir-se. Eu pensei, “quão baixo afundou minha vida a ponto de estar aqui num quarto fétido e sujo com um homem preto tão velho e debilitado que eu estou literalmente despindo-o para ajudá-lo a me foder? Eu teria gritado e chorado, não estivesse tão necessitada de seu sexo. Depois de despi-lo, eu o fiz recostar-se contra a cabeceira da cama. Enquanto me desnudava no lusco-fusco do quarto, eu via Oto acariciando seu caralho imenso, entusiasmado com a potra que se oferecia para ser montada. O velho parecia chicotear aquele cacete como se fosse uma grossa mangueira. Quando eu estava quase despida, eu vi que seu pinto estava novamente endurecendo. Eu fiquei surpresa de que aquele homem preto semicadavérico estivesse mais pronto para sexo com oitenta anos de idade que meu marido branco jamais fora com trinta. Eu estava pronta também. Eu fiquei na frente de Oto sentindo-me incrivelmente ardente e em chamas. Eu olhei para ele e alisei os lábios de minha buceta com meus dedos, depois os trouxe para meus lábios e os chupei. “Eu estou com tanto tesão por você, Oto,” eu murmurei ao homem enrugado, enquanto eu continuava lambendo meus dedos. “Isso é como uma porra dum sonho, mocinha. Venha cá antes que eu estoure!!!” E fui. Eu fui à cama do velho, e montei nele. Eu abri minhas coxas, minha buceta à altura de seus lábios, e fui descendo. E fui oferecendo ao velho negro a cova que eu tinha apenas meses antes jurado ao mundo, num altar, que iria apenas ser oferecida a meu marido. A rechonchuda cabeça do caralho de Oto começou a esticar meus lábios quando eu ajoelhei sobre ela. Doía enquanto ela me esticava. Mas eu gostei da dor que ela me deu. Eu necessitava exatamente daquele tipo de dor. Eu podia sentir o gordo membro negro começar a me penetrar. Mais e mais fundo eu recebi o grosso pretume de Oto em meu corpo, até nossas virilhas encostarem. Ele pegou e agarrou meus quadris puxando-me para baixo sobre ele. Ele sorriu abertamente. “Meu Deus, você agora é minha, não é, Sandra?” “Sim, Oto … Eu sou sua.” Comecei a corcovear pra cima e pra baixo, me enroscando na masculinidade de Oto. Eu podia ouvi-lo grunhindo enquanto eu fazia isso. Ele pôs as mãos nos meus seios e brincou com eles - apertando-os e puxando-os. Eu adorei aquilo. Oto estava fazendo-me sentir como uma mulher de novo - muito mais que meu jovem marido jamais tinha. O velho com sua masculinidade africana merecia que quebrasse meus votos brancos ocidentais… E eu sabia que faria isso de novo para ele. Oto Silva. Oto gozou dentro de mim, mais e mais, aquela noite. Seu Aldo não voltou mais. Ele deve ter sabido que mesmo seu velho pai podia me possuir, conhecendo a persistência dos homens em sua família, e minha fraqueza exatamente para tal persistência dos homens negros. Aqueles homens negros - mesmo velhos e carecas - pareciam quase geneticamente predispostos a serem capazes de me seduzir e acasalar comigo. Deixar-me no estilo da família. Procriando os futuros machos de uma nação negra e forte em meu aberto, desejoso e fértil útero caucasiano. Quando eu acordei no dia seguinte, na cama de Oto, tinha minhas pernas e braços envolvendo o corpo enrugado do pai de Aldo, e eu pude sentir que minha buceta ainda estava estufada com sua poderosa arma, grossa e carnuda. Eu fiquei olhando para ele muito tempo, tentando impedir-me de pensar. Eu não conseguia entender como tinha concordado em ser fodida por um homem tão feio e acabado. Sua cabeça careca parecia ainda pior por causa dos poucos fios de cabelo e a quase ausência de sobrancelhas. Seu nariz era achatado e grande e seus lábios grossos e proeminentes. Mas, ao mesmo tempo, eu me vi procurando rever meus padrões estéticos porque apesar de todas aquelas características eu sentia uma ternura irresistível por ele, uma vontade de abraçá-lo, lamber seus lábios com a ponta de minha língua e vez por outra apertar seu pinto amolecido com os músculos de minha xana. Até hoje eu não sei dizer se aquilo era alguma espécie de carinho, amor, ou gratidão por ter sido possuída sexualmente e ter recebido tanto prazer. Depois de algum tempo, esforcei-me para levantar da cama e fui até a cozinha, ainda nua, procurar algo para preparar. Com certa dificuldade consegui reunir dois ovos algumas cebolas e bolachas e comecei a preparar um café e o desjejum. O vapor e o cheiro do café e dos ovos fritos despertaram Oto e logo ele apareceu nu e cambaleante na cozinha para sentar à mesa e ficar me olhando a trabalhar. Sei que parece estranho, mas ainda que eu o tivesse servido durante toda a noite, senti-me desconfortável com seus olhos desavergonhadamente escrutinando minhas costas nuas. E um pouco do desconforto vinha, certamente, do fato de que eu sentia que estava ali cozinhando para ele como sua falecida esposa negra tinha feito tantas vezes. Quando tudo ficou pronto, servi a refeição para Oto. Como a comida não era suficiente para nós dois e eu tinha de me vestir para ir trabalhar fui na direção do banheiro, mas o velho negro segurou meu braço e, sem falar nada, fez um gesto com a cabeça mandando-me sentar. Surpresa, fiquei olhando para ele até que depois de mastigar um pouco ele lambeu os lábios e disse: “Minhas mulheres ficam do meu lado enquanto eu como!”. Meu primeiro impulso foi dizer que não era a mulher dele. Mas como é que poderia dizer aquilo quando eu ainda trazia manchas de seu esperma seco em minhas coxas redondas e em minha sedosa penugem dourada? Além disso, eu ainda me lembrava do modo como tinha mergulhado em sua moldura, com sua macheza gorda e escura escavando sem misericórdia os mais profundos recessos do meu corpo submisso fazendo-me vocalizar gemidos e uivos de voluptuosidade desenfreada? Eu fiquei ali em silêncio, esperando que o negro que estava se impondo sobre a mulher branca que seu filho possuíra e engravidara comesse sua comida e, uma vez ou outra, acariciasse seu pintarraço, minhas coxas ou meu peitinhos. “Posso ir agora?” perguntei-lhe timidamente, de olhos baixos e mãos cruzadas na frente de meu sexo, quando ele finalmente terminou de comer. “Pode, querida. Mas antes me ajude a ir à privada.” Eu ajudei Oto a se levantar e comecei a conduzi-lo pela mão, mas ele segurou meus dedos e, com uma força que eu tinha esquecido que ele possuísse, puxou-os e os pôs em torno de seu caralho. “É assim que eu gosto que minhas mulheres me ajudem a ir ao banheiro, queridinha.” Tenho certeza de que fiquei vermelha, mas nada disse, uma vez mais incapaz de dizer não ao pai de meu amante e apenas o conduzi, segurando em seu sexo, até o sanitário. Enfraquecido, Oto encostou-se na parede para urinar, o que foi bom para mim já que seu pênis não ficava visível, e eu saí para o quarto para pegar minhas roupas. Minha cinta-liga estava uma porcaria, lambuzada de sêmen e empoeirada, de modo que eu preferi não vesti-la. Encontrei meu vestidinho preto de alta-costura amassado no chão. Sacudi-o e alisei-o para me tornar um pouco apresentável e calcei outra vez meus saltos altos. Como eu não queria voltar para ver Oto urinando, gritei até logo e caminhei para a porta da frente. A fechadura estava enguiçada a chave não girava, e embora eu tentasse e me esforçasse para abrir a porta várias vezes, não consegui. Eu tive de gritar para Oto pedindo ajuda e enquanto ainda tentava fazer a chave rodar na fechadura ele veio por trás de mim, com sua mão estendida para a chave. Naquela posição, ele me prendeu contra a porta e então seu chouriço começou a ressuscitar, a cabeçorra levantando a barra de minha saia, insinuando-se entre minhas coxas e espetando faminta minhas nádegas, lambuzando minha carne com gotas remanescentes de urina ou de esperma antecipado. “Oh, Meu Deus!” Aquele fauno velho estava reclamando novamente minha delicada feminilidade loura. Como era possível aquilo, depois que ele estivera me inseminando durante a noite toda? “Por favor, Oto, não faça isso! Agora, não! Eu tenho de ir trabalhar. Eu prometo voltar mais tarde!” “Você quer me deixar assim, lourinha? Eu vou ficar assim duro, querendo meter em você? É claro que eu quero foder você de novo mais tarde. Mas eu preciso sentir sua bucetinha cremosa apertando minha manjuba velha. Eu preciso injetar minha porra nessa sua bucetinha apertada agora mesmo, lourinha!” É claro que eu podia ter resistido, mas dizer é uma coisa e fazer é outra. Meus sentidos estavam num tumulto, sabendo que tinha que sair daquela casa, mas ao mesmo tempo sentido uma sensação renovada e agradável de ser uma mulher desejável, algo que a pobre coisinha que era meu marido nunca tinha me podido fazer sentir. Homens negros tinham despertado minha sexualidade. Pretos velhos tinham descoberto e tinham feito com que eu descobrisse que minha carne branca macia responderia sempre ao chamado da selva, submetendo-me com pernas, braços e todos os meus orifícios abertos para aqueles guerreiros africanos e os seus colossais injetores de esperma. Mas, além de tudo isso, os dedos de Oto manipulando meu clitóris e tetas, e seus lábios melando meu pescoço me convenceram de que eu não estava apenas tentando lutar contra a tendência das mulheres brancas de servir desavergonhadamente a superioridade dos caralhos negros, mas eu estava tentando negar a mim mesma meu destino de égua reprodutora dos garanhões da família Silva. O peso de Oto nas minhas costas tornou-se insuportável - ou foi meu tesão? - e deslizamos lentamente para o assoalho até que eu fiquei totalmente estirada, com ele em cima de mim. Ele escorregou suas mãos para meus quadris redondos, arregaçando a saia até a cintura e expondo as bochechas de minha bundinha redonda a seu olhar. “Você tinha de ter uma garupa linda, não é, minha éguinha? Pra melhor servir meu caralho, né? Você tá com tesão de ser servida, não está? Pois eu vou servir todo o caldo gordo de tutano que você merece…” Eu rebolei meu lombo sensualmente, tentando ajustar a cabeça do pau de Oto entre os lábios inchados de minha buceta, mas o dominador negro, ainda que ofegante, não o deixou descansar onde eu queria. Sim, eu precisava ser novamente usada por aquela maçaroca de carne repulsiva mas desejada da múmia negra. Filho e pai tinham me reduzido a uma massa de carne cuja química teria me feito reagir imediatamente, submetendo-me toda vez que eles sentissem a necessidade de abençoar minhas profundezas com a glória de suas masculinidades poderosas. O velho ficou corcoveando sobre minhas nádegas lentamente, lento demais para as necessidades de meu corpo. Eu precisava sentir aquele rocambole invadindo minhas entranhas para se alojar em meu corpo faminto. Em desespero, eu movi meus braços para trás, meus dedos tentando se introduzir entre nossos corpos, até que finalmente eu alcancei seu espeto de carne, que eu agarrei aliviada. “Minha putinha está tesuda? Está, minha putinha?” Oto perguntou e ergueu seu corpo, afastando-se de mim, tirando a ponta de seu pau de jegue para longe de meu buraquinho melado. “Por favor, Oto, bota em mim. Faça amor comigo…” Sua resposta me mostrou os traços da família, o modo como aqueles senhores negros tratavam as mulheres que possuíam, porque me lembrou o jeito com que Aldo tinha me tratado antes dele. “Você me ama, lourinha. Eu fodo você. Eu só não emprenho você porque meu filho já fez isso”. E dizendo isso Oto finalmente me libertou de meu desespero, porque uma vez mais ele colocou seu tabaco exuberante em contato com minha carne e abrindo em duas fatias os lábios de minha buceta deslizou seu domador de mulheres para a frente numa jornada melada que só terminou quando ele mergulhou até a bainha, seus escrotos peludos balançando debaixo de meus pêlos pubianos encharcados. Ele ficou imóvel dentro de mim, assim como eu fiquei imobilizada, sentindo as emoções e sensações atordoantes de uma vez mais ser preenchida até o núcleo por carne de macho, carne de macho preto, pela dura e inchada carne preta do velho Oto Silva. Oto começou a flexionar seu músculo rechonchudo dentro de mim e, em resposta, eu comecei a mordiscá-lo apaixonada com as paredes cremosas de minha buceta apertada, aumentando a fricção deliciosamente e fazendo-o grunhir de modo animal sua aprovação ao prazer intenso que eu estava provando que era capaz de lhe dar. Cada vez que ele flexionava seu invasor rancoroso dentro de mim, eu fazia as paredes amanteigadas de minha bucetinha agarrá-lo e massageá-lo ternamente de modo que Oto era obrigado, pelo poder da carne da fêmea branca a rugir sua aprovação animal. Mas logo aquilo se tornou insuportavelmente insuficiente para mim. Eu tinha necessidade de mais fricção em meu clitóris e tinha necessidade de sentir aquela jibóia gorda arrombando com força e rapidez minha carne e meu canal delicados. Embora nós continuássemos nosso apaixonado jogo de flexionar-mordiscar-grunhir, eu comecei a rebolar suavemente meus quadris numa tentativa de estimular as ações de Oto. Eu consegui, mas não do jeito que esperava. Eu senti os longos dedos ossudos de Oto se enfiarem no decote de meu vestidinho e se apossarem de meus peitos, agarrando-os e amassando-os. E aí a sequëncia mudou. Ele flexionava seu cacete, eu o mordiscava e quando eu tentava dar a reboladinha Oto ordenhava minhas tetinhas e mordia minha orelha. “Minha eguinha está nervosa? Calma, égua, calma…” Eu repeti minhas tentativas algumas vezes porque, de um modo estranho, a combinação de suas massagens em meus seios e sua voz tranquilizante em meu ouvido gerava uma nova emoção. Depois eu comecei a corcovear com mais força, para exigir de meu cavaleiro fodedor que me desse mais do que eu já conseguira. Em pouco tempo estávamos como num rodeio, quando eu corcoveava tentando fazê-lo mover-se dentro de mim, Oto manipulava minhas tetas, e repetia meus movimentos, saltando quando eu saltava e desabando quando eu desabava, sem permitir por um momento sequer que seu pau duro portentoso se movesse um centímetro mais para dentro ou mais para fora de minha gruta desesperada. Mas minha juventude tinha que se impor e vencer aquele rodeio, de modo que depois de alguns saltos Oto não me seguiu quando eu caí, continuando seu movimento para cima até que ele tirou totalmente para fora aquele vergalhão majestoso, deixando-me surpresa, vazia e desesperada. “Nãoooo…” Eu uivei numa frustração profunda. Eu olhei para trás, bem a tempo de ver Oto sentando contra a parede no outro lado do corredor, apontando para mim sua linguiça negra, inchada e orgulhosa, engraxada com a mistura de nossos sucos e brilhando como aço inoxidável. Foi minha vez de emitir um gemido gutural e rastejar subserviente até ele, até aquele homem preto e velho que ficou olhando para mim com um largo sorriso em seus grossos lábios carnudos. Eu estava hipnotizada como uma lebre por aquela cobra preta que seus dedos longos punhetavam vagarosamente. Eu olhei seus olhos fixos e puxei meu vestido para debaixo de meus braços, até que ele ficou amarfanhado num rolo na linha de minha cintura. Depois, me ajoelhei sobre ele com minhas coxas arreganhadas ao máximo e agarrei com meus dedinhos delicados seu majestoso caralho negro, conduzindo aquela imensidade para minha vagina lenta mas firmemente, sem perder por um segundo sequer o contato com seus olhos, confessando com meus gestos e meu olhar a rendição de minha carne branca tenra e delicada ao senhor orgulhoso cujo órgão pujante eu tinha a honra de estar servindo. Eu deixei meu corpo desabar sobre seu poder de homem, engolfando-o com os lábios macios e úmidos de minha buceta, e mergulhando eu própria na mais pura sensação de felicidade e ternura para com aquele homem negro de 80 anos de idade. Eu estava apaixonada por Oto. Eu estava apaixonada por ele do mesmo jeito que eu estava apaixonada por Aldo, seu filho que tinha me aberto a estrada para a submissão negra. Eu sabia que tinha de ser amor, porque nada podia ser mais intenso, mais absorvente, dar mais prazer. Oto segurou minha cabeça e puxou-a para ele, beijando-me possessivamente e invadindo minha boca com sua língua quente, duelando com a minha como uma batalha de duas serpentes, contorcendo-se, enlaçando-se. “Eu vou lhe dar prazer, Oto”, eu lhe disse. “Eu sou sua mulher, assim como sou a mulher de Aldo, e farei tudo para lhe dar todo o prazer que você merece.” E eu fiz. Eu pulei e corcoveei e me esfreguei dedicada e prisioneira de sua imensa ferramenta de foder. Eu o beijei apaixonada e chupei sua língua grossa para que fodesse minha boca com ela enquanto sua pica arregaçava meu útero. Eu limpei seus dentes e boca com minha língua obsequiosa, lambi seu pescoço e seu torso e rolei no assoalho, fodendo e sendo majestosamente fodida, dando a ele meu corpo e sendo majestosamente subjugada, até o momento em que ele me concedeu a dignidade de regar meu útero com sua porra altaneira e ejaculou sua semente fundida em meu corpo já emprenhado por seu próprio filho, quase me afogando no prazer e na majestade de seu mingau. Depois, quando ele começou a amolecer dentro de mim, eu continuei lambendo a saliva que escorria de sua boca, aberta pelo cansaço de foder aquela égua loura - eu mesma - lambendo o suor que escorria em longos rios de seu pescoço para o seu tórax coberto de pêlos brancos, meu mel e sua peçonha mesclados em seus pentelhos, até que finalmente eu tomei em minha boca aquela imensa tromba negra que havia domado com prazer a potranca loura que agora era dele.
 

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Hello sex..: Eu, minha amiga gostosa e o policial. (Real!)Meu nome é Clara(nome... →

letstalkabout—sex:

Eu, minha amiga gostosa e o policial. (Real!)

Meu nome é Clara(nome real), tenho 20 anos, e minha amiga Débora tem 19.
Débora é minha amiga de infância, e veio passar o fim de semana comigo. Faziam 2 anos que eu não a via e quando isso aconteceu me surpreendi. Débora estava muito gostosa. Estava…

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flutuei:

Meu nome é Alexandra tenho 18 anos e o que vou contar hoje aconteceu comigo, bom hoje já começei a fazer minha faculdade de administração, mas quando aconteceu o que vou contar eu tinha apenas 16 anos. Como toda garota com 16 anos eu estava louca para me aventurar conhecer gente novas, foi em uma clinica que conheci Lucas um moço muito charmoso de 24 anos, não sabia muito sobre ele conversamos um pouco até minha mãe sair do seu médico. Ele me passou seu  número  de  telefone e pegou  o meu, me disse para ligar, passei a noite inteira sem dormir pensando naquele lindo moço, no outro dia me arrumei e fui a escola ao meu intervalo sem nada pra fazer resolvi ligar para ele, ele atendeu com uma voz doce e agradavél e me disse que fico esperando a noite inteira a minha ligação. Então eu disse que não havia ligado pois cheguei em casa e estava muito cansada, ele me disse tudo bem, pergunto o que eu faria a tarde eu disse que como meus pais trabalhavam não iria fazer, ele me pergunto gentilmente se agente poderia se encontrar em algum lugar eu disse que havia um lanchonete que poderiamos se encontrar. Marcamos e nos encontramos lá por volta de umas 15h00, Lucas chegou primeiro sentamos e começamos a conversar ele me disse que me achou muito linda e se poderíamos ir ao um lugar bem mais a vontade sem pensar duas vezes eu disse que sim, então fomos ao um motel, na entrada fiquei um pouco com vergonha pois nunca havia ido ao um lugar assim. Entramos em um quarto e nos sentamos na cama conversamos mais um pouco e ele me deu um beijo, o beijo foi maravilhoso demorado, Lucas começou a beija meu pescoço com delicadeza mais de um modo que estava me deixando fervendo por dentro, nunca tinha tido aquela sensação maravilhosa, ele continuava e  eu estava sentindo um tesão enorme, não conseguia me conter, começei a gemer bem baixinho, e então começou a pegação.E então ele tirou a minha blusa e começou a lamber os meus mamilos, eu não sabia o que fazer estava tomada pelo tesão então comecei a colocar as minhas mãos no seu pênis dele que por sinal já estava ereto, então abri a sua calça e comecei a acarícia-lo bem devagar, Lucas foi ficando vermelho, me parecia ser de tesão. Então continuei, ele parecia estar gostando então de repente ele me jogou na cama com força eu fiquei chocada mais gostei, ele tirou me shots e começou a me lamber toda, fui ficando cada vez mas exitada, acho que ele percebeu não parava de gemer, então ele colocou a sua pica extremamente grande para fora e me disse 
- Agorda vou te fazer gemer.
Então sem dó ele colocou o seu pênis dentro de mim aquela pica enorme,  começando a forçar, era um sensação muito boa ficamos ali por horas, como era bom transar com aquele homem, não espera que ele seria tão bom de cama assim, então descansamos um pouco tomamos um banho juntos e transamos no chuveiro de novo então ele disse para me trocar que ele iria me levar para casa me troquei e fomos embora. Quando chegamos perto da minha casa ele parou o carro e me disse que queria me encontrar de novo me deu aquele beijo de dar inveja, desci do carro e fui o restante do caminho apé então recebi m sms dizendo 
- Da próxima se prepara que eu vou acabar com você.Nunca mais tive ele depois daquele dia, perdemos contato, mas tenho certeza que essa foi uma das minhas melhor aventuras que eu já tive, jamais vou esquecer o quando prazer que Lucas me deu naquele dia.

flutuei:

Meu nome é Alexandra tenho 18 anos e o que vou contar hoje aconteceu comigo, bom hoje já começei a fazer minha faculdade de administração, mas quando aconteceu o que vou contar eu tinha apenas 16 anos. Como toda garota com 16 anos eu estava louca para me aventurar conhecer gente novas, foi em uma clinica que conheci Lucas um moço muito charmoso de 24 anos, não sabia muito sobre ele conversamos um pouco até minha mãe sair do seu médico. Ele me passou seu  número  de  telefone e pegou  o meu, me disse para ligar, passei a noite inteira sem dormir pensando naquele lindo moço, no outro dia me arrumei e fui a escola ao meu intervalo sem nada pra fazer resolvi ligar para ele, ele atendeu com uma voz doce e agradavél e me disse que fico esperando a noite inteira a minha ligação. Então eu disse que não havia ligado pois cheguei em casa e estava muito cansada, ele me disse tudo bem, pergunto o que eu faria a tarde eu disse que como meus pais trabalhavam não iria fazer, ele me pergunto gentilmente se agente poderia se encontrar em algum lugar eu disse que havia um lanchonete que poderiamos se encontrar. Marcamos e nos encontramos lá por volta de umas 15h00, Lucas chegou primeiro sentamos e começamos a conversar ele me disse que me achou muito linda e se poderíamos ir ao um lugar bem mais a vontade sem pensar duas vezes eu disse que sim, então fomos ao um motel, na entrada fiquei um pouco com vergonha pois nunca havia ido ao um lugar assim. Entramos em um quarto e nos sentamos na cama conversamos mais um pouco e ele me deu um beijo, o beijo foi maravilhoso demorado, Lucas começou a beija meu pescoço com delicadeza mais de um modo que estava me deixando fervendo por dentro, nunca tinha tido aquela sensação maravilhosa, ele continuava e  eu estava sentindo um tesão enorme, não conseguia me conter, começei a gemer bem baixinho, e então começou a pegação.E então ele tirou a minha blusa e começou a lamber os meus mamilos, eu não sabia o que fazer estava tomada pelo tesão então comecei a colocar as minhas mãos no seu pênis dele que por sinal já estava ereto, então abri a sua calça e comecei a acarícia-lo bem devagar, Lucas foi ficando vermelho, me parecia ser de tesão. Então continuei, ele parecia estar gostando então de repente ele me jogou na cama com força eu fiquei chocada mais gostei, ele tirou me shots e começou a me lamber toda, fui ficando cada vez mas exitada, acho que ele percebeu não parava de gemer, então ele colocou a sua pica extremamente grande para fora e me disse 

- Agorda vou te fazer gemer.

Então sem dó ele colocou o seu pênis dentro de mim aquela pica enorme,  começando a forçar, era um sensação muito boa ficamos ali por horas, como era bom transar com aquele homem, não espera que ele seria tão bom de cama assim, então descansamos um pouco tomamos um banho juntos e transamos no chuveiro de novo então ele disse para me trocar que ele iria me levar para casa me troquei e fomos embora. Quando chegamos perto da minha casa ele parou o carro e me disse que queria me encontrar de novo me deu aquele beijo de dar inveja, desci do carro e fui o restante do caminho apé então recebi m sms dizendo 

- Da próxima se prepara que eu vou acabar com você.

Nunca mais tive ele depois daquele dia, perdemos contato, mas tenho certeza que essa foi uma das minhas melhor aventuras que eu já tive, jamais vou esquecer o quando prazer que Lucas me deu naquele dia.

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contos eroticos/-comi-recem-casada.

 oLÁ GENTE,poxa faz tempo hem,nossa essa aqui e foda comi uma vizinha recem casada,sou casdo 38 anos moreno,simpatico boa forma,não copo rescultural,eu e minha esposa tem uma vida sexual normal de duas vezes po semana,porem eu não aguento e fico na mão,gosto de sair mais com mulheres casadas porque são discreta,vamos lá moro em são paulo zona sul,minha casa é um sobrado geminado,sempre estão alugando o vizinho,pela segunda vez muda pra esse sobrado uma casalzinho recem casado,estava eu lavando meu carro com a garagem aberta quando chegou um caminhão das casas bahia,logo atras um carro fiat uno,era o novo morador com sua esposinha,logo que eles abriram a casa foi descarregado algumas coisa,ao sair o caminhão eles vieram até a mim se apresentando dizendo que seria meu vizinho,dei as boas vindas a eles logo,pegamos amizade,ele me pediu se poderia receber alguns moveis porque ainda estava sem cama,eu de pronto disse que sim,logo minha esposa saiu estava indo trabalha ela e professora,comprimentou eles e eu falei do favor que iria fazer sem problemas,então pra minha supresa o rapaz perguntou se ali vendia comida proxima pois ele iria compra para sua esposa pois ele ireia trabalha e ela iria ficar esperando outros caminhão,eu disse que não mas que se elel não se importava mais tarde eu compraria até porque era uma 10hs da manhã,ele disse sem problemas vou deixar odinheiro com ela,então ele se foi,eu logo em seguida fui até a casa levar uma cadeira pra ela,foi entao que notei as belas curva,branquinha bumbum ribitado,linda 22 aninhos,ela estava de camiseta azul bem clarinho sem sutiã,nossa fiquei já excitado e disse tenho que come-la breve,comecei a conversa ela disse que tinha uma semana e meia de casada,que iria ficar morando ali até o apartamento sair,logo falei da vida de casado ela se abriu então falei que o pior e o sexo,pois ela disse que ainda estava começando e que seu marido foi o primeiro e unico então ela não sabe da diferença,mudei de assunto sair da casa e fui pra minha ela disse que não esqueça de compra comida pra ela,então fui faze comida fiz tudo,além de deixar meio amostra alguns dvd porno,fotos minha nú que minha esposa fez,dela em fim por volta das 13hs ela me chamou pra ver se eu ia buscar entaão eu ofereci,ela agtadeceu mas negou eu ensistir muito ela então entrou,enquanto ela ficou na sala eu pterminava de prepara tudo até um vinho,quando estava tudo pronto à chamei notei ela olholando os dvds,as fotos estava virada de forma diferente que deixei,ela veio eu a ofereci um vinho ela aceitou,logo disse “homem adora filmes porno né” eu sim quem não gosta,ela riu brinquei casado de novo e bom porque trepa todos os dias,ela riu e disse ” ants fosse ele não aguent tanto,me dixa não mão as vezes” falei nossa como ele consegue,uma mulher tão linda e gostosa,ela riu meu pau ficou duro naquela hora e eu fui logo falando,veja so em conversar com vc olha como estou,ela riu disse vc e tarado ,eu disse não gosto de mulher peguei a mãozinha dela bem delicada de 22 anos e eu 37 e falei pega aqui e igual do seu marido,ela disse ” nossa parece ser gigante” mas vc e louco,não vc que ta louca pra mete,ela riu e disse olha moço estou mesmo mas eu amo meu marido,eu disse eu também amo minha esposa,vc vai ficar maluca enquanto não goza muito ela disse,olha eu perdi minha vingidade na lua de mel,de lá pra cá me dá sempre esse calor,foi então que levantei da mesa disse a ela fica de pé,fui por tras dela e comecei a chupa seu pescoço ela arrepiava logo pegou minha cabeça e puxou,ali já era comecei a chupa-la dexei ela nua coloquei sobre a mesa e mandei ver,coloquei mina rola de 18cm naquela bucetinha estremanete apertada e bicha gemia igualzinha cachorra no cio,logo o celular dela tocou,ela mandou para que era o marido ntão meio ofegante,ela atendeu,o marido perguntou o que era que ela tinha neste momento estava bem de vagarinho comento ela na mesa,ela disia que estava cansad porque estava varrendo a casa,logo desligou eu contnuei vi ela goza varias vezes então levei ela pro meu quarto e a comi muito,até o cuzinho dela,ela aprendeu e fazer gulosa louca,bom hoje depois de um ano e emio conto pra vcs,comi ela durante esses dois anos que ela morou lá,até hoje eu a como,voou eu e minha esposa na casa deles,somos amigos,ela e mais amiga da minha esposa,quando ela mudou para o apartamento fui come-la na cama dela antes do marido dormi a primeira noite,bom agora que vcs já leram se vc e casad ou mulher que quer levar uma boa surra de rola me escreva para

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Vida Gostosa: Conto Erótico →

vidagostosa:

Olá, meu nome é Carol, tenho 21 anos, sou loira, olhos castanhos, não sou muito alta, tenho a boca bem carnuda, seios e bumbum deliciosos (modéstia a parte).

O conto que vou descrever a vocês já faz um tempo que aconteceu.

Eu estava fazendo algumas pesquisas da faculdade, enquanto o dia lá…

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Falando de Sexo: Conto 2 →

h-m-porn:

Namorava a Natália há mais ou menos 2 anos, e comecei a notar a minha cunhadinha, na época com 17 aninhos. Seu desenvolvimento era notório, e o comentário de todos era de que “com certeza ela já está dando por aí”, especialmente de sua irmã, que a classificava como uma “menina de cabeça fraca”….

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Promiscua: Com o namorado da irmã é mais gostoso. →

multiplo-prazer:

Eu sempre tive uma quedinha pelo meu cunhando Ricardo, ele e minha irmã Julia ja estavam juntos a uns seis meses, eu os apresentei em uma festinha de fim de ano, minha intenção não era de forma um casal mais sim de ficar com ele, e sempre deixei isso bem claro pra minha irmã que por sinal é muito…

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Promiscua: Colonia de férias →

multiplo-prazer:

Eu sempre fui muito safadinha, lembro que quando era menor era só meu irmão mais velho sair para ir correndo ao quarto dele mexer nas revistas que ele escondia embaixo da cama, eu adorava ver aquelas loiras lindas com cacetes enormes na boca isso me deixava molhadinha, depois corria pra frente do…

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Contos Eróticos ®:Noite de Festa

Noite de Festa

Caros Amigos Internautas, passo a lhes contar um fato ocorrido comigo há alguns anos atrás. Hoje tenho 27 anos, sou moreno, 1,80m, cabelos e olhos castanhos e muito bem apessoado. Na época ainda era solteiro e estava de namorico com uma gatinha que morava perto de minha casa. Seu nome era Fada (digamos assim) e nós sempre que possível dávamos um jeito de transar, sendo em qualquer lugar e a qualquer hora.
Ela era uma ninfetinha de seus 19 anos, 16Om de altura, cabelos ondulados até a cintura e muito fogosa, adorando principalmente o sexo anal. Certo dia estava em sua casa, na maior das bolinações, já era quase meia-noite, quando sua irmã mais velha, a Lú (pseudônimo) chegou acompanhada de seu marido. Eles pareciam aflitos e nos contaram que ele (José, marido de Lú) teria que ir às pressas pra sua empresa, alegando problemas urgentes, e me pediram que a Fada e eu fizéssemos companhia a Lú naquela noite.
Claro que de imediato eu aceitei e fomos todos, as irmãs Fada e Lú e eu, passar a noite na casa de Lú. Lá chegando Lú nos disse que ficássemos a vontade na sala enquanto ela iria tomar banho e arrumar nossa cama. Retirando-se, ainda me olhou maliciosamente e frisou NOSSA CAMA. Senti algo no ar e logo percebi que realmente algo iria acontecer. Fada logo começou a me beijar e a dizer que eu não me preocupasse, pois ela costumava dividir tudo, exatamente Tudo com sua irmã. Dito isto ela começou a tirar minha roupa e me mandou ficar quieto e observar… Tirou lentamente a sua roupa, me exibiu seus seios suculentos, mostrou sua maravilhosa e aconchegante bundinha que eu tanto adorava e me perguntou se eu estava pronto para a melhor surpresa de minha vida. Disse rapidamente que sim, alisando meu pau, que a esta altura estava doendo de desejo.
Então, com carinha de putinha angelical, saiu da sala e voltou abraçada com sua irmã, Lú, totalmente nua, calçando apenas sandálias de salto alto. Ela era uma morena de mais ou menos 1,75m, seios enormes, quadris largos e uma cinturinha de fazer inveja… Fiquei louco ao ver Lú ali, nua, esperando ser devorada, quando Fada, a mais nova me disse: Hoje a festa é nossa. Neste momento me Lembrei de José, marido de Lú, e ela me falou: Fique tranqüilo, José adora saber de minhas loucurinhas e se der tempo ele ainda chega pro gran-final…
Dito isso as duas vieram em minha direção, me beijando e disputando o meu cacete com unhas e bocas, chupando com toda a volúpia ora minhas bolas, ora meu cacete e até meu saltitante cuzinho foi explorado por aquelas fêmeas realmente taradas. Após algum tempo de chupação, mandei as duas ficarem de quatro e me exibir seus deliciosos rabos. Fiquei boquiaberto ao ver Lú de quatro com sua anca toda aberta me chamando para si. Não resisti e caí de boca, chupando sua xaninha por trás, beijando cada pedaço de pele, sentindo seu cheiro forte e inebriante, quando dei por mim, Lú já estava abocanhando a xaninha e o rabo da irmã, entrando assim em transe em ser chupada e chupar ao mesmo tempo.
Ficamos deliciosos minutos nesta chupação até Lú, a mais tarada das duas me confessar: Nunca fiz atrás antes, você mata esta minha vontade? Meu corninho vai adorar saber que eu dei atrás… Sem pensar duas vezes me posicionei e comecei a entrar no seu rabinho, enquanto Fada alternava chupadas na xaninha de Lú e no meu saco. Como era apertado aquele cuzinho virgem, mas com carinho e determinação em pouco tempo estava todo dentro de Lú e começava um vaivém frenético em seu rabinho…
Neste momento de luxuria senti que a porta foi aberta… Era José, marido de Lú que chegava. Lú, com meu cacete enterrado até as bolas na bundinha sorriu e disse:
— Meu corninho, nosso macho está me matando de tanto gozar, estávamos te esperando… Vem brincar com a gente…
Imaginem o que aconteceu depois… O Gran-Final foi Ótimo!
Hoje estou louco de vontade de conhecer casais liberais e mulheres realmente fogosas para poder continuar minhas aventuras.
Conto erótico recebido por email – usuário anônimo
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masturbatio-n:

Era a ultima aula da sexta feira, todos cansados, os meninos jogando bola, eu e minhas amigas conversando sobre eles. Gabriel para de jogar e vai para o canto onde todas estavam, ele ouve uma das minhas amigas falando “Sim, ele gosta de você” (era dele que estávamos falando). “Quem gosta de você?” ele me perguntou, parecendo enciumado, fiquei quieta, ele me deu um abraço e voltou a jogar.
Quando deu o ultimo sinal eu fiquei arrumando meus cadernos que estavam no chão da quadra, ficamos só eu e ele,  quando ele me puxa pra levantar, agarra na minha cintura e começa a me beijar, eu tentei empurra-lo, mas não deu. Ele passava a mão por todo meu corpo, das costas descia pra bunda e para as coxas. Quando percebi que ele estava excitado, passei a mão de leve no volume das calças dele. “Podemos fazer isso aqui mesmo” disse ele bem baixinho, me deitou no chão e colocou suas mãos dentro da minha blusa. Já que eu estava bem excitada não resisti, desabotoei suas calças e pus minhas mãos lá dentro. O perigo de sermos pegos só aumentava o tesão.
Fizemos lá mesmo,  nada nos importava naquele momento, foi uma experiência incrível. Amanhã vai ter a ultima aula de educação física de novo, acho que vou demorar mais ainda pra pegar meus livros do chão.
FEITO POR MASTURBATIO-N, não retire isso.

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Quando deu o ultimo sinal eu fiquei arrumando meus cadernos que estavam no chão da quadra, ficamos só eu e ele,  quando ele me puxa pra levantar, agarra na minha cintura e começa a me beijar, eu tentei empurra-lo, mas não deu. Ele passava a mão por todo meu corpo, das costas descia pra bunda e para as coxas. Quando percebi que ele estava excitado, passei a mão de leve no volume das calças dele. “Podemos fazer isso aqui mesmo” disse ele bem baixinho, me deitou no chão e colocou suas mãos dentro da minha blusa. Já que eu estava bem excitada não resisti, desabotoei suas calças e pus minhas mãos lá dentro. O perigo de sermos pegos só aumentava o tesão.

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Contos Eróticos ®Eu e minha cunhadinha safada


Olá. Sou um cara casado. Minha esposa tem uma irmã de 29 anos que é um tesão. Ela tem seios pequenos e durinhos, tem uma barriguinha lisinha e uma bunda enorme e firme. Não bastasse ela é muito sensual. Acho que ela sempre soube que seu jeitinho me seduzia. Moramos em cidades diferentes. Eu e minha esposa sempre viajamos muito e foi numa dessa que tudo aconteceu. Minha esposa estava viajando e minha cunhadinha me ofereceu uma carona. Quando chegamos em casa, com muito receio, a chamei para subir. Fui ao banheiro e quando voltei ela estava deitada de bruços no sofá com aquela bunda enorme empinadinha. Fique ali parado admirando. Ela percebeu e deu um sorrisinho sacana. Sentou-se e abriu bem as pernas e me chamou pra perto dela. Quando me aproximei ela puxou minha bermuda e começou a punhetar o meu pau, que estava duro como rocha. Ela começou a chupar. Que delícia. Ela lambuzava meu pau todo. Chupava meu saco com força, me deixava doido. Tirei a roupa dela e me ajoelhei para chupar aquela bucetinha. Estava molhadinha. A fiz gemer gostoso. Mas ela era safada e queria rola. Ajoelhou-se e virou a bunda para mim e pediu para meter na sua bucetinha. Obedeci logo e comecei a estocar gostoso naquela bucetinha. Ela gemia, se contorcia. Ela se apoiava no sofá e apertava sua bunda contra minha barriga. Depois de alguns minutos nessa posição ela pediu “-Come meu cuzinho cunhadinho”. Que loucura. Não pensei duas vezes. Meu pau é grande e grosso; Depois de lubrificar e meter só a cabeça ela pediu pra que eu metesse com força. Arrombei aquele cú gostoso. Que tesão. Ela delirava de prazer. Enquanto eu metia no cuzinho estava com dois dedos na bucetinha dela, a fazendo gritar de prazer. Ela Começou a gozar. Então a sentei no meu colo e ela começou a cavalgar aquela bucetinha molhadinha no meu pau. Em poucos minutos eu também gozei. Ficamos ali, deitados por um tempo. Foi uma tarde de prazer. Depois disso tivemos outras fodas que contarei depois. 

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